Ahhh!!!... que rico comer a mis horas, así no sea las horas de ellos, comer lo que me gusta y no atragantarme por ir a las prácticas del mal… ¡jajaja!. Pero… bien q nos servirán después… eso dicen: ¡Apréndete los manuales hijita!, azuuu… los manuales, si claro, manuales de mierda… ¡jajaja! (eso si con mucho respeto y cariño porque el trabajo – mecanizado – digo sistematizado nos hará hombres de bien); así tenemos que ir a La U a escuchar los monólogos de Los profesores que vinieron algunas veces a “dictar clase”... ja! que a final de ciclo porque no te conocen se hacen los sensibles y te quieren jalar *:DSobre TAJO:
“Somos aficionados a la poesía. No somos profesionales. Que eso quede bien claro, pues una buena parte de nuestra crítica es potenciada desde esa perspectiva, desde esos campos abiertos que supone tal condición". (Roberto Bolaño)
domingo, julio 31, 2011
Como se nota que estamos de vacas.... (por Cynthia)
Ahhh!!!... que rico comer a mis horas, así no sea las horas de ellos, comer lo que me gusta y no atragantarme por ir a las prácticas del mal… ¡jajaja!. Pero… bien q nos servirán después… eso dicen: ¡Apréndete los manuales hijita!, azuuu… los manuales, si claro, manuales de mierda… ¡jajaja! (eso si con mucho respeto y cariño porque el trabajo – mecanizado – digo sistematizado nos hará hombres de bien); así tenemos que ir a La U a escuchar los monólogos de Los profesores que vinieron algunas veces a “dictar clase”... ja! que a final de ciclo porque no te conocen se hacen los sensibles y te quieren jalar *:Dsábado, julio 30, 2011
Joyce para dummies
Ulises es, ante todo, un experimento. Aunque en realidad prefiero considerarlo un juguete literario. Es el juguete de James Joyce: el escritor irlandés quiso crear una obra repleta de paralelismos encubiertos y significados ocultos cuyo descubrimiento tuviese ocupados a los críticos durante generaciones. No cabe duda de que consiguió su objetivo: aún hoy, las innumerables referencias camufladas en el texto son objeto de estudio. No nos detendremos aquí en hacer un sesudo análisis de los significados del libro, pero resulta inevitable hacer algún comentario al respecto. Ulises narra una jornada en la vida de varios individuos cualesquiera en el Dublín de los años veinte. Lo hace a través de dieciocho capítulos muy diferentes entre sí, tanto en tono como en estilo. Según el propio Joyce indicó a algunos amigos, cada capítulo de Ulises hace referencia a un personaje o episodio de la Odisea de Homero. El título de la novela ya da una pista de ello: el Ulises de la Odisea era el personaje literario favorito de Joyce y le convirtió en título y centro de su juguete literario, pero en el libro no hay ningún personaje con ese nombre. El equivalente de Ulises en la novela es uno de los protagonistas, llamado Leopold Bloom, y su particular odisea no transcurre a través del océano sino por las calles de una pintoresca Dublin. Molly Bloom, su esposa, es una moderna encarnación de Penélope, la esposa de Ulises. Y Stephen Dedalus no sólo refiere a Telémaco —el hijo de Ulises y Penélope— sino que es una especie de alter ego del propio James Joyce. Además, ciertos capítulos constituyen alusiones veladas a los cíclopes, las sirenas, Calipso, Proteo y demás mitología homérica. No vamos a adentrarnos más en todos estos paralelismos y en otros secretos del texto. En todo caso cualquier lector puede recurrir a los esquemas que el propio James Joyce envió a sus amigos Carlo Linati y Stuart Gilbert. Ambos esquemas difieren un tanto entre sí pero dan una muy buena idea de cuáles son todos los motivos ocultos en el libro.
Qué me va a ocurrir cuando lea esta novela
…si es que podemos llamarlo novela. Ulises es como una de aquellas viejas radios de onda larga, en las cuales uno giraba la rueda intentando captar lejanas emisoras que hablaban lenguas desconocidas. De la radio surgían ecos, silbidos y fragmentos de charla o música que parecían llegados de otro mundo: una aparente cacofonía sin sentido que podía aburrirte o exasperarte hasta que comenzabas a acostumbrarte a ella. Al final, los extraños sonidos del cósmico vacío de la radio se transformaban en un nuevo tipo de música, cuya rareza formaba parte del encanto mismo del hecho de intentar localizar nuevas emisiones. En Ulises, el lector está obligado a hacer el esfuerzo de sintonizar su radio para poder captar la emisora de Joyce. Es muy difícil estar en la misma onda justo al empezar la lectura, y eso produce un aburrimiento o una exasperación en muchos lectores que en términos de ciclismo podríamos llamar la “pájara del Ulises”. Pero si uno hace el esfuerzo de seguir pedaleando, la cuesta inicial del libro puede llegar a ser superada. Aunque hemos de resintonizar nuestra radio al comenzar cada nuevo capítulo —tan diferentes son entre sí— llega un momento en que comenzamos a entender las reglas del juego de Joyce. Y es entonces cuando empezamos a disfrutar incluso de los pasajes más experimentales y estrafalarios de la obra.
El único error que nadie debería cometer al enfrentarse al Ulises es el de esperar un argumento convencional, bien expuesto a la vista del lector y que le permita seguir leyendo por el mero interés de comprobar cómo se desarrollan los acontecimientos. No existe tal cosa en este libro y de hecho el argumento es lo de menos. Uliseses un collage, una narración cubista tan descompuesta en pedazos que deja de parecer una narración como tal. Hay que leerlo sabiendo de antemano que resultará difícil empezar a disfrutarlo hasta no conseguir formarse cierta visión global de lo que el libro pretende. Y para ello es necesario leer unos cuantos capítulos que nos permitan tomar perspectiva sobre el conjunto, como cuando uno se aleja unos metros de un gran cuadro para poder contemplarlo —y entenderlo— mejor.
RAZONES PARA NO ESCRIBIR POEMAS

1)Porque razonablemente, y siendo francos, muy francos, no sirve para nada. Es inútil compadre, hagas lo que hagas, tus versos, arañados sobre el papel con tinta china o líquida, más el dolor de las entrañas estrujándose, y todo ese acto, digamos, poético de escribir poesía es una mierda. Al menos actualmente. Lo repito suavecito: u-n-a m-i-e-r-d-a
2)Porque mamá quiere que vayamos a la universidad y nos graduemos y lleguemos temprano a casa. Y, aunque suene muy cliche, ser feliz es remar en la contra. Poetas como Miguel Ángel Zapata, o el mismo Neruda, se jactan de que su oficio tiene tantas cuotas de felicidad como de tristeza… pero mamá sólo quiere que vayamos a la universidad y nos graduemos y lleguemos temprano a casa.
3)Porque la poesía no se palpa, no se toca, no tiene peso, lugar. Es etérea, es inútil, es idiota. Y digo idiota al final, ya de triste o resignado. Pues todos esos ejemplares, calientitos de tinta, sólo nos sirven para inflar el pecho, y jactarse, muy a sabiendas de que todo es fugaz, del éxito. Ese éxito de publicar. Otro de los valores más populares de nuestros tiempos, ¿el primero? Se los dejo a su criterio.
4)Porque Vallejo, Girondo, Pimentel, Calvo, Rimbaund (a quién, no quiero poner las manos en el fuego, casi todos los peruanos hemos leído en malas traducciones y más por monos que por astutos lo usamos como ídolo a la hora de chupar cerveza o ron de tres cincuenta) Y si desenrollamos la lista de nombres, y ya que el mundo es redondo, el final del largo papel me daría directamente en la mitra.
5)Porque ser poeta y ser peruano es sinónimo de pose, de riesgo a rozar la solemnidad o el abandono. Riesgo de caer en el cliche de que ser poeta en el Perú no se lo deseo ni a super man, o riesgo de ser un horazeriano irresoluto.
6)Porque no se gasta mucho en la imprenta, y cualquiera puede hacerlo (Incluso Gian Marco)
7)Porque la vida es corta. Y corta es la noche.
8)Porque el amor no se define ni, ay, se puede encerrar en palabras.
9)Porque Neruda fue feliz mientras las bombas enterraban más y más el cuerpo de Oquendo de Amat. Y fue triste mientras algunos jóvenes latinoamericanos se meaban de miedo antes de ser fusilados por oponerse a Pinochet y Castro.
10)Porque ser hombre es más difícil que ser poeta, borracho y visceral. Ser hombre y trabajar. Ser hombre y no huir.
11)Porque Pimentel, Juan Ramírez Ruiz y Enrique Verastegui ya no son jóvenes.
12)Porque los poemas de Trilce, salvo uno que otro, no son la gran cagada.
13)Porque Roberto Bolaño es un mal poeta y mal héroe.
14)Porque morir no es bonito. Y menos aun por buscar un pedestal para nadie.
15)Porque Calvo nunca quiso llamarse poeta. Ni Miguel Idelfonso, ni el mismo Treillier… pero sí Los poetas de Asfalto y sus amigos.
16)Porque Roberto bolaño es un buen poeta y buen héroe.
17)Porque no.
18)Porque hacen que existan los recitales. Y los recitales son, y perdonen lo insolente, una cagada.
19)Porque mi mamá nunca me compro un libro de Rubén Darío y, desde siempre, le estoy felizmente agradecido.
2o)Porque alguna noche, quién sabe sí por capricho o vanidad, alguien escriba diatribas contra esos cantos ñoños de flores y balas.
A un amigo
Vivir, soñar, leer, ser feliz a mi manera

Javier Heraud significo mucho para mí. Cuando lo leí, cursaba estudios en la academia pre-universitaria y estaba, ¿cómo decirlo de otro modo?, jodido, muy jodido, y en todos los sentidos.
No exagero: mi futuro era nulo y soñaba con irme de casa, hacer auto Stop, cambiar mis libros por un plano inmenso del mundo, cambiar mi café caliente por un vaso de realidad.
El libro que condensaba toda la poesía de Heraud era de los tiempos de Velazco - azul y de hojas color tabaco, cepilladas e intactas- Quizá de una colección de escritores peruanos que saco el poeta Manuel Scorza con Populibros.
Me lo presto una chica, quizá fue un muchacho, pero digamos que fue chica y que se llamaba Verónica, y no me gustaba nadita. Era media terruca. Y fea. Solía jactarse de cuantas bombas pondría en la puerta de congresistas y que tantas marchas progres protagonizaría no bien llegara a San Marcos. Yo me jactaba de levantarme todas las mañanas.
San Marcos, es cierto, era el fin de muchos y muchas.
A mi me daba (me da) igual. Yo quería leer. Sólo eso. Y mastúrbame.
Fue vital leerme todo el librito azul. Pagina tras pagina la luz fue colando mi cuartucho adolescente (“leer a la luz de Neruda, Reír con Vallejo”) y hasta las cucarachas de mi estomago se inquietaron.
De arranque capte que Javier Heraud no era un posero.
Sus poemas no estaban escritos para que uno quedara deslumbrado de la sapiencia, magia, barbaridad, malditismo, surrealismo que tantos malos poetas ostentan (o intentan, arañándose los pelos, pintándose barbas, estrujando apellidos noruegos) No es que fuera de pura sepa, pero había sinceridad. Y como dijeron por ahí: "A todos los que vinieran les pondría una condición. No hacer nada que no fuera sincero"
Lo suyo no iba por ahí. Lo supe en una. O tal vez en dos, pero lo supe.
Javier era simple (simple pero no huevon)… y transparente, (transparente pero no cursi) como los ríos que corren por sus versos: la claridad es una virtud en (su) la poesía.
La mejor poesía, ya lo dijo Julio Heredia, se encuentra en el buen uso de la sencillez. Y no digo la sencillez de escribir por escribir. No la sencillez que viene a darnos la cara cuando no hay oficio. Sino la otra, la que tiene cómo reflejo la sinceridad y la fuerza.
En Heraud el oficio era vital. Vivir, soñar, leer, darse a gotitas de humanidad (como solía decir en sus cartas) era extensión y acción.
Ese oficio que lo llevo a enrolarse en las huestes de una revolución guiada por enardecidos cubanos; y ya en el Perú por Hugo Blanco. Esa guerra, sí, que lo mato como todos sabemos entre pájaros y arboles a los 21 años. Y yo pongo las manos al fuego asegurando que Javier si pudiera elegir entre lo bonito de una oración (mito o vida) o quedarse entre nosotros dejaría de, ay, seguir muriendo, y se uniría a la fiesta.
En fin, ya conocen la historia.
Vivir, soñar, leer, ser feliz a mi manera… puñado de palabras que extraigo de las cartas que Javier enviaba, de distintos lugares y con soberana religión, a su amigo entrañable Degale.
El libro en cuestión se llama Vida y Muerte de Javier Heraud y es el primer intento de compendiar su efímera como apasionada vida. Un intento suicida que Cecilia, su hermana, aborda.
Pero volvamos a las cartas enviadas a Degale:
Vivir, soñar, leer, ser feliz a mi manera
Esto, claro, antes de ser un radical, una espada en el aire, un relámpago maravilloso.
Tanto chamullo para decir comunista.
No sé por que razón estos pasajes tan sinceros que pueblan sus cartas, me hicieron (me hacen) recordar a todos mis amigos. La consigna de Javier (y nosotros, y pongo el nosotros entre paréntesis, como quién asume la condición de pequeñez) era (es) vivir intensamente.
Sólo así, sabiendo las dimensiones de su condición, digamos, humana, se puede saborear en sus versos el aire del canto nuevo y renovado que buscaba.
Hoy esta más vivo que nunca. Sus libros son llevados en la misma maleta donde algunos cuadernos viejos y límpidos, el agua, las mudas de ropa y una cámara digital, son acompañantes en el camino.
Si los buenos poetas no sirven para esto, ¿para que carajos seguir leyendo poesía?
Te leemos todavía Javier, lo aseguro, para sobrevivir y soportar las noches.
Una otra y otra y otra
jueves, julio 28, 2011
Rebeldía como tesoro de la humanidad

O sobre "La perla"
Ha de llamar nuestra atención el atrevimiento. De atreverse y de “atrevido”. Steinbeck se atrevió. Utilizo como escenario y como personajes hombres y mujeres de raza completamente distinta a la suya. No tengo entendido con precisión si Steinbeck ha leído a García Márquez, pero ha dejado probado que el mejor modo de escribir de Macondo (o La Paz) es como en Macondo. Kino será un personaje que nunca olvidare, quizá por ser hombre. Y ser hombre en La perla (o en la vida) significa: Ser a medias loco, y a medias Dios.
La injusticia, en lugares como La Paz, es donde más perfora. Haciendo creer a todos sus pobladores que no hay otra manera de existir que la de conformarse, por ende, adaptarse. Pero cuando el hombre quiere verse medio loco, se da cuenta que no es un ser adaptable y todo puede ponerse en contra suya.
Coyotito es el futuro, el porvenir, y el porvenir muere de un solo balazo. Menguando la ira y desquicia que representaba el sueño de Kino por un mundo mejor. Mundo que terminaba en la choza donde ya la música en los oídos le explicaba, con maneras, que no todo saldría bien.
De: Santiago M. Sorel