Sobre TAJO:

“Somos aficionados a la poesía. No somos profesionales. Que eso quede bien claro, pues una buena parte de nuestra crítica es potenciada desde esa perspectiva, desde esos campos abiertos que supone tal condición". (Roberto Bolaño)

viernes, septiembre 30, 2011

Grunge


Hace exactamente 20 años, el 24 de septiembre de 1991, yo caminaba por Telegraph Street en Berkeley cuando me llamaron la atención las vitrinas de las tiendas de discos más importantes, Rasputin y Amoeba. Estaban tomadas por copias de un disco de vinilo con la cubierta impactante de un bebé nadando hacia un billete de un dólar. Se trataba de Nevermind, el nuevo álbum de una banda llamada Nirvana de la cual pocos habían oído hablar (incluido yo). En la radio no tardó en escucharse, una y otra vez, su canción emblemática, "Smells Like Teen Spirit", que se convertiría en el himno de una generación. El disco, del cual se habían hecho 45.000 copias, llegaría a vender 30 millones.

Nevermind popularizó el sonido grunge, rock influido por la energía y la intensidad del punk y el heavy metal, con mucha distorsión en las guitarras (ruptura de afinación en la nota D, dirían los entendidos). El estilo era muy marcado: letras con un tono de angustia y desesperación, look descuidado, actitud de rebeldía ante el deseo de las grandes corporaciones de convertir al músico en una deslavada estrella de rock que se debía al público. Con la llegada del grunge, los ochenta llegaron a su fin. Las bandas grunge debieron lidiar con la contradicción de ser rebeldes con un éxito comercial superlativo; pocas lo hicieron bien.
 
Aunque el sonido parecía haber aparecido de la noche a la mañana, su historia es larga y compleja; el libro de Mark Yarn, Everybody Loves Our Town: A Oral History of Grunge, la cuenta a través de más de doscientos cincuenta entrevistas, con un impresionante exceso de detalles. El grunge comienza en verdad a principios de los ochenta, en la escena musical de Seattle, con bandas post-punk com U-Men y The Melvins. Seattle era entonces una ciudad aletargada, lejos de los centros donde se creaban las principales tendencias musicales. Ese aislamiento ayudó a que apareciera ese estilo crudo, tan poco amable.Sub Pop, un sello musical nacido en Seattle, se dio cuenta antes que nadie del poder de esa música; hacia 1983, uno de sus fundadores, Bruce Pavitt: "la escena musical de Seattle dominará el mundo". El mérito de Pavitt es el de haber dicho esa frase cuando bandas como U-Men apenas llegaban a congregar a treinta personas en sus conciertos.
    
Del libro de Yarn impresiona la mención a una cantidad de bandas prácticamente olvidadas que contribuyeron a la consolidación del grunge: Screaming Trees, Mother Love Bone, Green River, TAD, Babes in Toyland, etc. A fines de los ochenta, el grupo por el que todos apostaban para llegar al gran éxito era Mudhoney; Mudhoney logró una audiencia importante, pero no el triunfo masivo de los cuatro grandes del movimiento (Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y Alice in Chains).
    
Con su voz potente y gran presencia escénica, Chris Cornell, el cantante de Soundgarden, fue la primera estrella grunge. A principios del 91, Alice in Chains sonaba mucho en la entonces influyente MTV. Luego vino Nevermindy arrasó con todo. Comenzaron los problemas: nadie quería menos que el impacto mundial de Nirvana; grupos de todas partes de los Estados Unidos se mudaban a Seattle para ser considerados parte del movimiento; a los productores musicales se les pedía el "sonido Nevermind", como si eso pudiera ser fácilmente replicado; el look grunge se convirtió en algo tan comercial que hasta la revista Vogue le dedicó sus páginas. 
El suicidio de Kurt Cobain en 1994 puso fin a los años de euforia. Lo que ocurrió con el grunge es un capítulo más en la larga lucha del artista con las fuerzas del mercado, que parece concluir siempre de la misma manera: a la larga, el mercado termina cooptando hasta a los punks y anarquistas. El sonido grunge fue influyente, pero sobre todo en bandas alejadas de la estética rebelde (Creed, Silverchair, Nickelback). Sin embargo, basta volver al origen para descubrir que Nirvana, Pearl Jam y Mudhoney están tan vivas como en los primeros días.



(Del blog del escritor boliviano:
                                                                                                                                                   Edmundo Paz Soldán... uffff... )

La importancia de llamarse Roberto Bolaño



Debería empezar hablando de la habitación de hotel de anoche. De mi día libre. ¿Pero quién está dispuesto a soportar un voluminoso tratado sobre mi día libre? Mi día libre es exactamente el día que comienza cuando anteanoche termino de leer las últimas páginas de La pista de hielo. Tenía que acabar ya a Roberto Bolaño, porque después vendría Bill Callahan y, es justo decirlo, Nacho Vegas. Dos tíos altos como dos castillos. Tras el concierto pensé en lo poco que se rieron. Nadie se reía en el concierto, tan solo Elisa y yo. Nos reímos y nos volvimos al hotel. Luego pensé en La pista de hielo.
Es muy importante llamarse Roberto Bolaño. Es mejor que llamarse de otras muchas formas. Incluso, si ustedes me apuran, uno podría llamarse Roberto Gómez Bolaños. El error de transcripción daría lo que hay entre Los detectives salvajes y el Chapulín Colorado. A mí me viene muy bien que Roberto Bolaño se llame así. Me lo pone fácil cuando me paso varias semanas sin conseguir acabar un libro y tengo que echar mano de las existencias disponibles en un top tenimprovisado. Echo mano de La pista de hielo y sé que todo irá bien, y que solo después, en el próximo libro, decidiré si tengo ánimo para arriesgarme con un descubrimiento. Mírenme, soy un lector conservador al que le da miedo equivocarse. Pueden cebarse conmigo si quieren.
Con La pista de hielo uno se acuerda del Faulkner de Mientras agonizo. La Costa Brava funciona aquí del mismo modo que el profundo Sur de los Estados Unidos. Bolaño es capaz de crear un espacio imaginario con posibilidades infinitas y engarzarlo dentro de un contexto conocido por todos. En La pista de hielo, Z es un Yoknapatawpha catalán. Sin embargo, Bolaño se niega a parecer épico en esta novela, pese a la comparación faulkneriana, prefiere el método a-mí-que-me-registren. En Mientras agonizo es toda una familia la que habla de su implicación en un proyecto que parece superarles a todos. En La pista de hielo, también hay un proyecto que parece superarlos a todos, pero no tiene que ver con casi nadie. Por eso, hasta cierto punto los narradores hablan como si pasaran por allí y se sintieran obligados a decir algo al respecto. Afortunadamente, a Bolaño le ha parecido bien que todos estos personajes digan algo al respecto hasta acabar una novelita de unas doscientas páginas. Suficientes para sentirme desahogado durante unos días.
Con el material para esta historia también se podrían haber hecho otras cosas. Por ejemplo: un telefilm de Antena 3 o de Telecinco (al gusto de cada uno). La pista de hielo es tan buena que tiene todas las cualidades para ocupar nuestras sobremesas televisivas con intrigas casposas en las playas españolas. Pero es capaz de contener ese potencial impagable y hacer con los mismos parámetros una obra redonda que funcione dentro de un “ambiente estético” español. ¡Qué fácil era sumergirse en las atmósferas mejicanas de Bolaño! Con el D. F. o el desierto de Sonora como escenarios parecía que casi todo podría funcionar. Pero creo que otro modo de jugársela es cambiar las dosis aseguradas de horror y locura de Méjico por un pueblecito costero cercano a Gerona. Nuevamente, me acuerdo de Faulkner, porque a él solo le hiceron falta un puñado de paletos.
Si a Bolaño se le hubiera dado más tiempo, seguramente podría haber reinventado estéticamente España como escenario narrativo (o al menos Cataluña), podría haber cambiado el código, porque era capaz de contaminarlo con todo lo que ya traía consigo. Me gustaría imaginar que un gran filántropo podría habérsele acercado con mucho dinero bajo el brazo. Le habría dicho: “Querido Bolaño, usted es el escritor del fin de la Historia. Deseo emplear todos mis recursos en que usted consiga para mí un solo propósito: escriba una novela, una novela que trate sobre lo mismo que tratan todas las novelas de varias generaciones de escritores españoles. Pero es de suma importancia que usted consiga que su novela sea la última novela, la novela definitiva. Después de su obra no quiero volver a ver a nadie escribiendo sobre lo que se escribía antes. Usted será el último en hacerlo; después, ya solo será posible escribir sobre otras cosas en España. Quizá así, gracias a usted, consigamos salvarnos al fin.”
Pero Roberto Bolaño está muerto. ¿Tenemos un plan B?

(Extraído de la pag:

!Altamente recomendable! )

Una chica que sabia volar


Ella comenzó diciendo que no iría lejos, que el amor era un yunque que terminaría aprisionando su corazón, su cabello, sus zapatos de goma otra vez partidos bajo la noche que nunca terminaba en esos días y se prolongaban otra vez por la ciudad.
Luego se callo, muda, mirando sus zapatillas. Lamente no ser tan valiente, tan pendejo, tan suelto. Ella me decía que me quería. Se leía, claro, entre líneas.
Yo le hablaba de los poetas y escritores que cruzaban como disparos mis ojos. Ella me decía que me quería, y yo soltaba, por ejemplo, Machado del hocico.  Ella me ofrecía su boca y luego corría, tras las clases, tras el novio –aun, estaba con uno, y esto era pesadísimo, puesto que tuvo que romper con él para venir a mí- y nos movíamos por entre los ramajes, las sombras revueltas, el apestoso peligro de los parquecitos de Santa Anita.  Nos movíamos, nos soltábamos, éramos libres en los microbuses que arrastraban nuestro cansancio hasta la casa.

Y olíamos bien, nos olíamos el dorso de la mano, antes de seguir avanzando por esa maraña de calles y extensiones.
La punta de mi nariz olía a la punta de su naríz (pues nos saludábamos como dignos pingüinitos, dignos amantes del frío)

El cielo cortándose como una boca que ríe, la mañana revuelta en las suelas de los zapatos. Una palabra bailando sin puntos suspensivos en el fondo de un vaso de café.

Ella comenzó diciendo que no podría, que tenía que ir muy lejos. 
Su deber era la distancia. Su amor el camino. Su corazón estaba debajito nomás de tanta piel, pero sus pasos eran tan lejos, y eran tan pasos que marcaban con fuego sus palabras.
Un disparo.
Entonces los dos en silencio, como arrepentidos, corremos.
Nos callamos y morimos.
No iré lejos, me dijo, me repite. Y yo no sé que decir.
Mejor, pienso, le canto una canción de Fito. Y se la cante. 
  

(La imagen, por cierto, y pa los interesados, es del genial TROCHE. Googleenlo y vean ustedes)

jueves, septiembre 29, 2011

Semblante de jueves: " Los pasos de una revolución"

Se abrió una puerta y Simone de Beauvoir y yo entramos: la impresión desapareció. Un oficial rebelde, cubierto con una boina, me esperaba: tenía barba y los cabellos largos como los soldados del vestíbulo, pero su rostro terso y dispuesto, me parecio matinal. Era Guevara.
¿Salía de la ducha? ¿Por qué no?. Lo cierto es que había empezado a trabajar muy temprano la víspera, almorzando y comido en su despacho, recibido a visitantes y que esperaba recibir a otros después de mí. Oí que la puerta se cerraba a mi espalda y perdí a la vez el recuerdo de mi viejo cansancio y la noción de la hora. En aquel despacho no entra la noche: en aquellos hombres en plena vigilia, al mejor de ellos, dormir no les parece una necesidad natural sino una rutina de la cual se han librado más o menos.
No sé cuándo descansan Guevara y sus compañeros. Supongo que depende: el rendimiento decide; si baja, se detienen. Pero de todas maneras, ya que buscan en sus vidas horas baldías, es normal que primero las arranquen a los latifundios del sueño.
Imaginen un trabajo continuo, que comprende tres turnos de ocho horas, pero que desde hace catorce meses es realizado por un solo equipo: he ahí el ideal que casi han alcanzado aquellos jóvenes. En 1960, en Cuba, las noches son blancas: todavía se las distingue de los días; pero es sólo por cortesía y por consideración al visitante extranjero.
Pero a pesar de sus extremadas consideraciones, no podían menos que reducir al mínimo estricto las horas imbéciles que yo dedicaba al sueño: acostado muy tarde, me hacían levantar muy temprano. Yo no lo sentía: al contrario, con frecuencia me contrariaba, por tardía que fuera la hora, irme a dormir cuando ellos todavía velaban aunque se hubiesen levantado temprano; por saber que me habían precedido varias horas. Y es que era imposible vivir en aquella isla sin participar de la tensión unánime
.

miércoles, septiembre 28, 2011

TARDON DE MIERCOLES

UNO MÁS
 
Cómo puedo recorrer un camino 100 veces
a la luz de unos faroles apagados
y una calle larga y muda
larga y muda
larga y muda que serpentea recta pero
muy recta y mientras yo me pregunto
cómo puedo recorrer un camino 100 veces
o desde cuándo lo recorro y no puedo ver
nada sin pensar en todo y por qué la
vida es una fiebre amarilla, un paludismo
un negrito de hermoso rulos que sube a un bus
afeado por los piojos, las pulgas, la suciedad, el hambre
las malas palabras el miedo de quien recorre
más de 100 veces un camino a pie sin
un centavo sin un poco de luz sin un
trago de sueño sin siquiera piojos de compañía
mirando sólo la herida del mundo
tantas veces abierta tantas veces desangrarse
sola seca sin mí sin ti sin ustedes sin nosotros
cómo puedo suspender el polvo que un torbellino
no levanta por desidia
por burlarse del silencio
de esta calle tan corta de esta calle tan larga
como el tiempo sin ti sin mí sin ti más por que
a veces logras no sólo suspender la arena
y el smog y los baches y basura y quedamos
sólo tú y yo dos seres humanos que no saben ni
quieren saber cómo recorren este mismo camino
plagado de árboles y palomas y nubes y casas
y gente y silencio y luz y oscuridad
y justo nada vemos pero el negrito está
ahí sucio sonriendonos pidiéndonos
colabórame levántame la moral y qué es
más fuerte el hambre o el amor me pregunto
el hambre o el amor o la desesperación que sigue
a este camino millones de veces recorrido y tú...
hago una pausa
tú...
has suspendido el tiempo y me miraste y yo te dije
pero no tiene remedio no le quitaremos las
malas palabras los piojos los pedos que huyen
del hambre y del camino ahíto
pero tú me miraste compasivamente
y sacaste una moneda y me trajiste a tu hombro
y el bus y el camino y el hambre
y las luces cerradas me aplastaron y
me hice más hombre y más débil y más fuerte
y aspiré tu olor a bosque abierto y paraiso
y sentí paz de tregua y esperanza en este
momento