Sobre TAJO:

“Somos aficionados a la poesía. No somos profesionales. Que eso quede bien claro, pues una buena parte de nuestra crítica es potenciada desde esa perspectiva, desde esos campos abiertos que supone tal condición". (Roberto Bolaño)

sábado, enero 21, 2012

¿LEER O VIVIR?





 Para mi abuelita Nena que es el Perú

UNO

Hay que decirlo en one: siempre nos va a joder la indiferencia. La indiferencia es caminar pisando caca cantando canciones de amor. La indiferencia es caminar pisando caca sin cantar canciones de amor. La indiferencia es pasar la página y decir yo no. La indiferencia es cantar bajito, sentarse en el último asiento del bus, no decirle te amo a nuestras madres, no escribir nuestros nombres en la arena. Somos humanos y sentimos, y es inevitable no aceptar el júbilo ante lo más trágico como hermosa de la vida. No negarnos, sino asumir, y usar nuestro cuerpo como una espada en el aire, es nuestra pequeña tarea.

En mí país la vida es una cuerda floja. Que algunos usan para cruzar abismos, resistir, tirar, y otros aflojan suicidándose. “La vida es hermosa, a pesar de la vida” dijo el poeta, y los que aceptan la vida –esta vida, la de los que caminamos a píe- tendrán que sumergirse en la miseria y la ternura. Y cuesta mucho crecer y ser sincero cuando la cuerda nos impide seguir adelante. O cuando nuestras cuerdas sólo dan “cuerda” a  berridos en lugares estrictamente intelectuales.  Como dijo un amigo: Somos cómplices de la intransigencia que es una camisa de fuerza.

Algunos nos creemos personas distintas por saber más obras de Vargas Llosa y García Márquez, y restregamos la ignorancia de los de más con un “a mi no me toca” entre los labios. Nos cuesta ser sencillos y nos creemos el centro del universo. Sin embargo, no conocemos ni escuchamos la complejidad de un emolientero que regresa a casa luego de macerar una noche en su frente y es feliz por haber sacado la mierda para su familia, ni la resistencia de lo pescadores del Callao que toda las mañanas bajan al mar y nadie como ellos recibe las primeros rayos del sol en la piel. En sus vidas y sueños hay lecturas tan indómitas como en la mejor literatura.
¿Realmente existen personas comunes? Esta es una certeza equivocada de muchachos con pose intelectual: creerse, muy a sus anchas, únicos e imprescindibles.
Todos somos distintos: es una paporreta que todavía nos cuesta aceptar.  

DOS
Leer sigue siendo una actividad solitaria. Leer es un reto y no leer es un crimen. Leer, en medio del internet y del facebook, es una hazaña. ¿Se lee más o se lee menos? Gastar dinero en ediciones antiguas, viejas, es un delito para algunos. Para otros comprar un libro caro es tan parecido a escupir a la pobreza como gastarnos todo el sueldo en un celular.

A pesar de que se ejerza en medio del barrullo de la vida moderna, la conexión entre lector y escritor seguirá siendo mágica. Es una manera de negarnos al mundo y aceptar la poesía en nuestras venas. Esa poesía anterior a todo, esa poesía “pura” que esta ya clavada en la mirada de los niños. Ellos son los que se hacen preguntas filosóficas mientras van a la escuela; los que no ceden a emocionarse y sonreír.

Mi viejo decía que después de leer Conversación en la Catedral, Lima, nunca fue igual. Claro que no, pues leer, a demás, es vivir y vivir es luchar. Leer es cambiar.

Es que hay un valor agregado, pues, la palabra es un animal vivo. Los libros son personas que sudan, gimen y buscan irremediablemente compañía. Tú puedes darle voz  y arraigarte a un tiempo sin límites.

El problema se da cuando negamos a los demás el fuego que azuzan esas lecturas, y nos catapultamos en ilusiones estériles; cuando le negamos esa conexión también única uno y los demás. Nos regodeamos en egoísmos para sentirnos mejores. Nos alucinamos bajados del cielo y dueños de todo, sin saber que hay poesía en todos lados menos en la poesía. Ahí empieza la discriminación de Los Lectores a los No Lectores. Y el resultado es la total indiferencia.

¿Cómo  firmar contrato con nuestros anhelos personales y la indiferencia?


¿De donde sacar el punche para no convertimos en seres anodinos expuestos a sus teorías extraordinarias y a conversaciones retoricas que se muerden la cola, dejando de lado el amor y la pasión?

Es hora de sacar a pasear nuestra sinceridad. Hoy es siempre todavía, decía Machado y no se equivocaba.
Tenemos que ayudar a los otros, es cierto, pero ¿acaso no debemos comenzar con ayudarnos a nosotros mismos? En mi caso, por ejemplo,  nadie salvo yo coge un libro y, aunque muchas veces he intentando disuadirlos, ellos se han negado. No elegí a mi familia pero tampoco la cambiaria.  El poder de la televisión es aplastante, cruel y draconiano; otra culpa es la puta educación recibida.

 Aunque sigue siendo inútil (Una tarea que no sirve para nada, según García Márquez) no voy a dejar de hacerlo. Fomentar la lectura, la cultura, es uno de los medios para retribuir el fuego a los demás.   Un libro puede caer en muchas manos, pasearse de casa en casa, conocer el silencio y el olvido, pero sé que alguien lo cogerá y, en algún momento especial, pasara a  convertirse en su sombra, llevándolo hasta los horizontes donde empieza la vida.

¿Pero que tal sí, en realidad, el que debe cambiar soy yo? 


Esta pregunta oscila y se afianza, en tardes como esta, cuando el sol se derrama lejos de mis paredes, y siento el peso del sudor de mis manos apretando las páginas de Balzac.

Balzac, viejo francés, ¿quién diría que un muchacho latinoamericano leería con frenesí tus paginas repletas de vida?

Hace calor, es verano, sudo y sigo aquí. Ya no salgo a perseguir muchachas montadas en bicicletas, no sigo la dirección del  viento fresco que avanza inexorable a las seis de la tarde. Le debo abrazos a mi abuela y besos a mi hermana. Sin embargo, Balzac es una compañía imprescindible. ¿Lo es?


TRES

Si bien mis familiares llevan una vida normal, de problemas y desajustes (como son todas las vidas), no sufren “de más” por escribir, leer y buscar la sinceridad. Pero ellos no están negados de nada. La emoción natural, del asombro, de la tristeza, del impulso, del vacio: estas emociones les perteneces a Los lectores y a Los no lectores. Le pertenecen a los hombres y mujeres de la tierra. Mi madre no deja de conmoverse viendo los atardeces, como mi abuela se sigue quebrando al escuchar antiguos boleros de amor. La sensibilidad la tienen los que entregan su vida a la música como la señora que ve caminar a su hijito de dos años.
Ellos, “Los no lectores”, viven, y sus sueños no son más que los de “Los lectores”, ni menos: son igual de frágiles, escandalosos, amargos, reilones, jodidos y traviesos.


CUATRO

Una forma de discriminar al otro es no aceptar sus gustos, sus pasatiempos, sus anhelos. O, claro, minimizándolos. Como dije, hay una certeza en “Los Lectores” pues piensan que sus gustos son sinceros y elevados. Ellos –por haber estudiado Crítica literaria, leído a Joyce y escuchar Petrucciani por las mañanas- creen tener la verdad. En otros casos, la consideran relativa y se burlan, usando esa ironía sutil muy popular, de las pequeñas verdades que anidan en el corazón de la gente. Ribeyro hacía una diferencia entre un intelectual y un sabio. El primero podía saber mucho de un tema pero nada de la vida practica (Ejemplo: Un erudito de la cultura Romana que no puede cocinar un estofado de pollo) El conocimiento del sabio esta formado por su vida y su cultura;  tanto su experiencia como los estudios son vitales para su formación.

Mi abuela no sabe nada del movimiento Nadaísta, ni de las estructuras de La casa verde, pero nadie mejor que ella para darme unos abrazos apapachantes y llenos de vida. Para obligarme a almorzar y decirme yo también te quiero.  Ella, aunque nunca leyó los cuentos de Chejov, me contaba historias, muchas veces inventadas al momento, para que me durmiera de niño. Ella, cuando me enfermaba de gripe, me envolvía con periódicos el cuerpo (mismo tamal) para que el sudor no agravara mi enfermedad. Incluso me colocaba una guirnalda de papas sobre la frente con la idea de que estas podían chupar el sudor. Y, si nada de esto bastaba, corría, despeinada, en piyama, a buscar las pastillas o el taxi para salvarme.

¿Importa su ignorancia? ¿Realmente importa?

Creo que la pregunta sobra.

Nuestro papel, nuestra soga, siendo sigue la misma.

Aceptar lo que somos y ayudar a los demás. Y dejar que ellos nos ayuden.
No cerrar puertas, no subestimarlas.
Enriquecer la vida de todos y dejar que ellos enriquezcan la nuestra. 

Texto: Julio Barco
Foto: Consuelo solís

2 comentarios:

Andresk dijo...

De acuerdísimo. Pero, de acá, desde mí, también pienso en eso para los que no tuvimos precisamente esa infancia, por mi madre, mis hermanas sí, así; pero, por mi padre, armas, ir de tiro, (militar retirado mi padre) nada de "tequieros", pero mucho de "en la vida hay que chingarle", "en la vida hay que andar abusado", "en la vida hay que ponerse las pilas para que no te agarren de su pendejo", "las cosas relax, Juanito, no estalles", "...HIJO DE TU PINCHE MADRE...", jajajaja regañizas por todo, alcoholismo. También, pienso, la poesía en quienes son recios de carácter, en quienes padecen esquizofrenia, en quienes padecen psicosis, en quienes tiene un trastorno de personalidad limítrofe, en todo arranque humano que va de esto maravilloso a lo cruel del asesino, creo en toda vida huamana, aunque no justifico lo grave de algunas, y repudio, por ejemplo, la cultura "norteña-narco" de mi país, esa poesía que ellos hallan en lo que hacen, lo que les sujeta de pie, porque vamos a morir y, de igual forma, lo mío, lo que busco, esto, no es más poesía que la suya, aunque me choque aceptarlo. Y su vida e stan vida como cualquiera. Qué buen texto, Julio.

Anónimo dijo...

Realmente me has conmovido. Estoy leyendo a las 12:44 am y pienso en las personas que viven el día a día en Estados Unidos. Sí, muchas veces me he vuelto un egoísta y un altanero, negando la existencia de los "mortales," creyéndome el profeta de esta sociedad, pero olvido que la vida sigue siendo igual para todos y que todos tenemos esa capacidad innata de aprender de ella y de transmitir ese conocimiento a los demás. Muchas gracias Julio.
Deno.