Sobre TAJO:
“Somos aficionados a la poesía. No somos profesionales. Que eso quede bien claro, pues una buena parte de nuestra crítica es potenciada desde esa perspectiva, desde esos campos abiertos que supone tal condición". (Roberto Bolaño)
martes, abril 03, 2012
lunes, abril 02, 2012
Gracias, Charles Bukowski
¡Maldita frustración! ¿Qué
hacer cuando no puedes escribir? ¿Cuando no tienes ganas de leer? ¿Cuando ves a
tus amigos progresar, mientras te hundes en el abismo del fracaso? Quieres gritar,
pero es de noche y muy probable que los vecinos llamen a la policía. Quieres
correr pero hace frío y tienes miedo de morir de hipotermia. A la luz del
computador, en tu cuarto oscuro y con solo la melodía de las teclas(porque estas tecleando palabras inventadas), sientes un
miedo que te hace temblar desde lo más profundo de tu corazón y sientes en tus
manos esa frustración de no haber hecho nada en tu vida.
Entras al internet y
encuentras a un amigo y le dices tu problema. Te manda un poema de Charles
Bukowski para que te sientas mejor y lo lees y por unos segundos tu tembladera
se calma, pero aún no es suficiente: fue apenas un analgésico, el dolor de
muela te sigue jodiendo y no tienes plata para irte a un dentista y sacártela. ¿Qué
hacer? Intentas leer pero tienes sueño. ¡Maldita
sea! Váyanse todos a la mierda! Gritas en tu mente. En la sala de tu casa, caminas
en circulo. Tu madre te mira y tú te detienes. Le quieres contar pero no
puedes. Temes que se traume. Es mejor no angustiar a la viejita con tus nimios
problemas.
Pero relees el poema y
una frase ilumina tu mente, ““Y si tienes capacidad de amar /ámate a ti mismo primero /pero
siempre sé consciente de la posibilidad de la total derrota, /ya sea por buenas
o malas razones.” Y te acuerdas de que escribir es amarse a si mismo y eso haces. Escribes y
escribes todas tus frustraciones con la esperanza de que te van a leer una
considerable cantidad de personas. Te sientes mejor. Aunque es por pura
vanidad(pero qué escritor no es vanidoso, recuerden “amate a ti mismo”) sabes
que te va a leer aunque sea uno. Lo haces y gracias a Dios ya te sientes mejor.
Gracias, Charles Bukowski.
Gimel Zayin
Gimel Zayin
domingo, abril 01, 2012
A mis queridos poetas
"A mi me gusta este lugar"
Un niño de 5 años
Cuando me preguntan a qué me dedico, pienso en todas las respuestas posibles, pero sobre todo en la de poeta. Poeta o escritor, no son lo mismo. De hecho el poeta escribe, pero no es poeta porque escribe, es poeta porque siente. Y sentir no es sentir nada más. Es sentir de una manera distinta o sentir de todas las maneras posibles.
En la literatura peruana hay pocos poetas. Por fortuna la gran mayoría de ellos escriben muy bien. La gran mayoría de los poetas, los que sienten. (Otra cosa son los narradores. Otra cosa son los poetas y narradores.) Hablemos exclusivamente de los poetas. Eso sí, no pretendo hablar de los poetas literarios. Son poquísimos y no vale la pena hablar de ellos hoy.
He venido a hablar de los poetas que terminaron rezagados. No diré olvidados, pues para esto se requiere haber sido recordado. Para ser olvidado primero deben ser recordados, tomados en cuenta. Estos poetas simplemente no existieron. NN. Sus vidas no circularon en ninguna antología de Oviedo o de Vigil. Mucho menos dieron saltitos de alegría al ver su primer libro publicado. Probablemente algunos de ellos, no tuvieron la necesidad de leer. Eso sí, vivieron e hicieron de su vida, su obra. O sea no elaboraron una formula de catarsis para afianzar sus sentimientos en los demás, tan sólo dejaron que su experiencia termine por abrazar a los corazones más afligidos de su época.
Un poeta, a mi entender, se determina a sí mismo. A diferencia del narrador, el poeta no puede hallarse como poeta. Él está predestinado, ha sido escogido —o condenado— para emprender aquel viaje vital. Hacer de su aliento poético un poema, es otra labor de la que todavía se puede sacudir. Pero siempre termina sucumbiendo a su destino de poeta. Los poetas son las personas más infelices de la tierra, y a la vez son las que buscas con mayor desesperación la felicidad. Saben de antemano que su lucha es insensata, pero abordan la búsqueda porque comprenden que a su alrededor, todos esperan verlos libres y contentos. En está desesperación en la que caen y se recogen continuamente, en ese incesante hallazgo, es donde radican el sentido de su existencia. O de su poesía.
Si es que Dios existe, ha decidido arrojar al mundo a la mayor cantidad de poetas, como en una insinuación hacía la vida. Retándola directamente. No lanzó poemas, tal vez, pero sí hartos poetas. Lo raro de todo esto es que la gran mayoría de ellos no se encuentran, felizmente, metidos en literatura.
En mi familia tenemos cinco o seis poetas. Quizá siete. Ninguno de ellos se reconoce como tal. Hay quien no cruzan, siquiera, los 3 años. Hay quienes abandonaron el colegio y nunca han leído un solo libro en sus vidas. Hay también quien, a pesar de todo, sigue haciendo de su vida algo más que un gran poema. No me malinterpreten no me refiero a inmolarse imitando a Baudelaire o a Bukowski. No. Al poeta la vida lo escoge, el que no ha sido elegido por más que intente batirse en las pataletas más infrahumanas, no podrá serlo. Por lo general, los poetas, los verdaderos poetas, terminan siendo indiferentes con su vida. La que creen injusta y casual. Pero terminan afrontándola.
Omar Livano
Manifiesto: Una deuda que saldar
Qué poco le interesa ahora —o quizá siempre fue así— la vida de alguien a sus contemporáneos. Mucho menos, tal vez, a los póstumos. Qué poco debe importarme lo que sientan los demás. ¿Cómo puedo detenerme a pensar si alguien —lejano a mí— sufre? ¿Me importa de veras que me pregunte cómo estoy? ¿Me interesa preguntar eso?
Estamos quizá en una etapa evolutiva que ni siquiera Darwin imaginó. Como especie dejamos atrás al sapiens sapiens para convertirnos ahora en el homo egocentricus. Aquel que cree que llegó al mundo para ser servido por el resto, para ocupar una posición única y trascendental, aquel animal que piensa que se considera centro de todo lo que sucede, necio para darse cuenta que ser completamente feliz es lo único imposible para él.
El hombre atraviesa esta etapa. Un amor propio y soso lo está consumiendo. No importa lo que le suceda al otro, lo que piense el otro o lo que sienta el otro. El dolor —por más que se diga lo contrario— no se comparte. El que llora, llora, mientras el otro es sólo un espectador.
Si se hubiera sabido esto desde antes, los escritores, vaya, seré más atrevido: los poetas, nunca hubieran existido. Sírvase a pensar que el arte no es más que la transmisión de eso: sucesos, pensamientos y sentimientos. Pero cómo salvarnos. Cómo retomar ese interés por los demás.
Tengo 24 años y puedo darme el gusto de avalar una verdad: A mí la literatura me lo dio todo, por eso no le puedo fallar. Fue gracias a ella que el egoísmo no me devoro (aunque a veces pienso lo contrario). A ella la conocí pasados los 12 años. Antes había leído algunas cositas con más compasión que placer. Pero fue con Moby Dick que leer dejo de ser una tarea. Luego Stendhal, Kafka, Stevenson, Voltaire y London abrieron las primeras puertas.
Para no seguir abrumando con mi historia personal, confieso que califico a mis lecturas —en general— como todos: apasionantes, imprescindibles y poquísimas. Pero fueron suficientes para embarrotar a los demonios que asechan desde los 15. En resumen esas lecturas, y las posteriores me han sacado de la mierda más de una vez (¿y a quién no?).
Las mejores pajas se las debo a Bukowski, años después también a Pedro Juan Gutiérrez. El boom —Donoso, García Márquez, Cortázar y Vargas Llosa— me hizo creer en mi lengua. A la generación perdida la encontré años después y Henmingway y Dos Passos fueron más que autores. A Tolstoi lo admiro y Carver es el maestro. Camus y Sartre son imprescindibles, sobre todo el segundo con quién no sólo se aprende sino también se goza. Bryce fue el único capaz de hacerme llorar. Bolaño marco dos generaciones seguidas y quién sabe cuántas más. Dostoievski, Chejov y Borges son inalcanzables. Nunca olvidare a Trapiello. Nunca olvidare a Reynoso. Ray Loriga y Hrabal son divertidos. Celine es Dios. La biblia puede ser Mala onda, aunque me inclino, finalmente, por Los detectives salvajes. Boll y Arlt son disimiles pero revientan en mi pecho. Capote es capote. Caicedo me enciende. Me salpico de poesía acorde al momento, pero no puedo vivir sin Hora Zero. En rigor, sin todos ellos mi vida hubiera sido un fiasco, o un tronar sin sentido.
La literatura nunca viene sola. Con ella los amigos se hicieron más amigos. Conseguí, también, a quienes llamar enemigos, y eso también se agradece. Ame con versos múltiples de Girondo, Benedetti y Scorza. Por último —equivocado tal vez— abrace un oficio, un sueño.
Y este sueño estaba hecho para derramarse y corroer el egocentrismo, hacer de mi vida un poema digno, de mi primer amor una historia explosiva y de mí mismo un libro. Un libro abierto con final dramático e inesperado.
Está es mi deuda. Mi deuda contigo Literatura, o contigo vida. (No puedo distinguirlas, paralelas y siamesas) Mi deuda es escribir y devolverle ese sentido al arte. Renovar los puentes entre la literatura y el hombre. Hacer del animal un hombre del hombre animal un hombre animal que lee y de este último, asirme yo mismo. Nunca se está muerto hasta que no se está completamente solo, decía mi madre. Y nunca se está solo si alguien más te susurra vida al oído. Como lo hicieron conmigo. Como estoy dispuesto a seguir haciéndolo.
Omar Livano
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