Sobre TAJO:

“Somos aficionados a la poesía. No somos profesionales. Que eso quede bien claro, pues una buena parte de nuestra crítica es potenciada desde esa perspectiva, desde esos campos abiertos que supone tal condición". (Roberto Bolaño)
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martes, noviembre 06, 2012

Tajo en Anta-Cusco


EN estos días respiramos el aire de Cusco, más precisamente de Anta, en su primer Encuentro Nacional de Arte, cultura y ciencia... pronto les comentaremos los detalles del evento. Y las ideas de todo lo vivido.



Por el momento les dejamos algunas fotos!


Y

GRACIAS TOTALES PUEBLO DE ANTA
CUSCO


Primer evento de cultura, arte y ciencia en la provincia de Anta

junto a César Lévano

jueves, octubre 11, 2012

LA VIDA GRIS / JULIO RAMÓN RIBEYRO






Nunca ocurrió vida más insípida y mediocre que la de Roberto. Se  deslizó por el mundo inadvertidamente, como una gota de lluvia en medio de la tormenta, como una nube que navega entre las sombras.

No tuvo una emoción fuerte, ni una aventura imprevista, ni una calamidad sonora, que coloreara la página blanca de su vida. Todo en él fue blando, suave, entregado con mesura; vivido sin contrastes. No fue lo suficientemente bruto para sentir la felicidad de no pensar en nada, ni lo bastante inteligente como para sufrir la angustia del saber más. Ni serio ni jocoso, ni bueno ni malo, ni estéril ni imaginativo, era como un agua tibia, como un árbol sin savia, como una sonrisa sin expresión.

Ni siquiera un rasgo de su semblante fue llamativo u original. De mediana estatura, de complexión delgada, sus ojos carecían de potencia, como una lampara mal encendida, y su voz era tan vulgar como corriente era el color de sus cabellos.

Su presencia no era ansiada ni evitada, pues no poseía aquella parquedad desagradable, ni era tan parlanchín que fastidiara. Saludaba, hablaba de cosas banales, decía lo que cualquier otro pudiera decir, y se alejaba sin haber comunicado ninguna novedad, sin haber despertado ningún afecto. No se notaba su presencia en el grupo de sus amigos cuando asistía, ni se reparaba en su ausencia cuando faltaba. No poseía ninguna particularidad notable que lo definiera, pues no sabía cantar, ni contar chistes, ni decir piropos. A todos les era indiferente, y por todos pasaba desapercibido. No se sabía qué le gustaba, a qué era aficionado, cuáles eran sus ideales, pues a nadie le interesaba preguntárselo, y él tampoco se afanaba en referirlos.

Cuando se encontraba con un conocido en la calle, conversaba sobre temas generales, sin profundidad ni elegancia, sin hablar de sí mismo ni incurrir por el destino del otro, como quien observa una fórmula social; y al despedirse, seguramente que su interlocutor se olvidaba que acaba de sostener una conversación.

Jamás alguien le consultó su opinión ni le pidió un consejo; ni tuvo un amigo más amigo que otros, ni un apodo cariñoso que exagerara alguno de sus rasgos. Nada en él llamaba la atención; todo en él era gris y normal, sosegado y neutro, limitado y barato. Sus exámenes no fueron brillantes que despertaran envidia, ni desastrosos que produjeran risa. Sus notas eran trece y catorce.

A no ser que lo vieran, no vivía en la conciencia de nadie. No se recordaba de él alguna opinión audaz o algún silencio elocuente, alguna pose elefante o alguna actitud gallarda. Lo que él hacía pronto se olvidaba, como se olvidaban sólo sus palabras que sólo el viento guardó.

De niño, en su barrio, palomilleó como todo rapaz, pero a excepción de una pedrada que le cayó en la cabeza y un vidrio que rompió, no le sucedió nada notable como a otros muchachos notables de sus edad; jamás lo mordió un perro, ni lo tomó preso un policía, ni lo atropelló una bicicleta, ni lo maldijo una vieja.

Siendo de la clase media no tuvo lindos juguetes; pero no le faltaron los soldados de plomo, ni el carro de cuerda. De este modo no lo impresionó el gozo de la abundancia, como tampoco lo contristó el dolor de la escasez.

No hizo viajes largos  que dejaran en su memoria recuerdos de paisajes, ni tuvo muchos parientes, ni lo quisieron mucho sus padres.
De su infancia, pues, no tenía nada que contar.

Su adolescencia fue igualmente mediocre. Conoció el mal y el mundo, sin asombrarse mucho, sin que nada despertara su pasión. Todo le pareció justo y corriente. Pecó sin sentir mucho remordimiento, y creyó en Dios lo suficiente como para no pensar el Él.
No siendo vehemente ni tampoco apático vivió un sentimentalismo moderado; hubo mujeres hacia las cuales se sintió atraído, pero nunca trató de discriminar la naturaleza de esta atracción. A ninguna cayó simpático, pero también por ninguna fue odiado. Y él aceptó esta indiferencia serenamente, creyéndola normal, sin sentirse herido en su vanidad, ni vulnerado en su amor propio.

Su cultura era mediana. Como todo muchacho había leído a Verne, a Dumas y a otros escritores de folletín; pero, de seguro, no sabría decir qué autor le había gustado más, o qué personaje le inspiraba más simpatía. No se preocupó nunca de señalar sus predilecciones literaria.

El el colegio no se apasionó por ningún cuso; estudiaba sin curiosidad, sin emoción, como si cumpliera un deber natural, un mandamiento; y en su memoria guardaba paletadas de nombres y de fechas que jamás trató de ordenar o rememorar. Lo vivido era para él inservible.
Cuando abandonó el colegio no lo extraño, y al enfrentarse a la vida no sintió la más leve intranquilidad. Sin inclinaciones personajes siguió la carrera que le designó su padre, y por ella andó paso a paso, sin fastidio, pero tampoco sin entusiasmo.

Poco filósofo, no se hizo ningún problema de su existencia, ni jamás se preguntó para qué vivía. No experimento la delicia de navegar en alas de la metafísica, ni el terror de enfrentarse a los problemas de la religión. No tuvo una posición ideológica definida, ni ideas motora que lo arrastraran hacia una meta; todo lo contempló sin la curiosidad del artista ni la emoción del poeta: con la indeferencia del burgués.

La circunstancias de su vida contribuyeron a fomentar su medianía. Sin saber ancido en una ciudad prestigiosa no podía enorgullecerse de su origen; más, como no había venido al mundo en un caserío, era injusto avergonzarse de su cuna. No descendiendo de una familia rica, no llamó la atención por su fortuna; pero como tampoco era pobre, no pudo impresionar por su miseria.

La fecha de su nacimiento no coincidió con ninguna conmemoración famosa, ni fue su nombre de pila un nombre original o inaudito, ni tuvo su apellido un rumor rancio de nobleza.
No siendo su padre un personaje notable, se vio privado de toda responsabilidad familiar; más, como tampoco descendía de un reo, no tuvo ningún complejo que ocultar.
El único hecho prominente de sus vida, fue un terminal que agarró en el sorteo de Fiestas Patrias: obtuvo quinientos soles. Era justo que esto sucediera en su existencia: de lo contrario su vida habría sido tan absolutamente mediocre, que se hubiera convertido en un caso interesante, excepcional de mediocridad, y en consecuencia hubiera dejado de ser mediocre, puesto que ya era interesante.

Al recibir su título de profesional, no rindió una tesis brillante que hiciera estremecer al viejo jurado de emoción; pero tampoco sostuvo una idea estúpida que mereciera un total disentimiento. Por otro lado tampoco resbaló en la alfombra de ir a recibir su grado, ni volcó tinta en el diploma, ni ocurrió algún incidente de esta naturaleza, que confiriera a la ceremonia, ya que no un aspecto solemne, por lo menos viraje cómico.
Abrió un estudio discreto, en una calle de poco tráfico, que fue concurrido por gentes de regular calidad, mediocres también como él. En dicho estudio ejerció paciente, silenciosamente su profesión, sin que se conociera de él alguna intervención notablem ni tampoco algún yerro espectacular.

Y mientras la placa dorada con su nombre y profesión iba perdiendo su brillo, y mientras su cabeza  iba encaneciendo, sus días pasaban unos detrás de otros, siempre iguales, siempre insípidos, como duplicaciones, como las páginas de un libro.
Roberto no se casó. De haberlo hecho, su vida habría tenido ya un motivo de ser, y quedaría justificada su existencia. Pero él fue absolutamente contingente, completamente inútil al mundo; ni siquiera tuvo descendientes.

Y por fin murió. Pero hasta su muerte fue vulgar, pueril, y antipoética. No se cayó de un quinto piso, ni lo arrolló un tranvía, ni lo corneó un toro. Nada digno de comentarse en los periódicos. Pescó un resfrío en una tarde invernal, y por no cuidárselo se le complicó con los bronquios, luego con la pleura, y rebotando de complicación en complicación, dio en la tumba, un miércoles de fin de mes.

Fueron a su entierro algunos colegas, por solidaridad profesional. Tuvo poca flores y ninguna lágrima. No le pusieron lápida, y justo al mes, un tío suyo le pagó una misa, a la que asistieron tres personas.

Después, se le olvidó por completo. Nadie lo recordo con ternura, nadie lo evocó con afecto. No se le citó en ninguna conversación, ni se lamentó con sinceridad de su muerte, ni le rezaron por las noches.

De su paso por el mundo no quedó nada bueno, ni nada malo. Era como si no hubiera existido, como un aerolito que cayera sin dejar estela, como un fuego que se apagara sin dejar cenizas. Se hundió en la nada llevándose todo lo que tuvo; cuerpo y alma, vida y memoria, latido y recuerdo.

Fue una vida inútil, rotunda, implacablemente inútil.



                                                                                                                      1949



  

sábado, octubre 06, 2012

Taller de poesía


Siguiendo con la difusión, los Tajo estaremos todos los sábados, a partir de las 10 de la mañana, en el Taller de Poesía, organizado por el poeta Ernesto Montero. 

Tod@s están invitados, es un taller totalmente gratis, sin ningún ánimo de imponer, más bien de conocer experiencias, conversar, discutir y conocer. 

El Taller se realiza en el colegio Fe y Alegría 25. 

Para llegar puedes tomar un carro en Puente Nuevo, y bajarte en el Paradero 7 de la AV. CANTO GRANDE-San Juan de Lurigancho. 

Y, no bien llegas, subes a una moto-taxi y por china te lleva hasta el colegio. 

Tocas el portón y preguntas por el taller. 




jueves, septiembre 27, 2012

Sobre el charlatán (Parte 1)



Por Antonio Chumbile




No lo niegues: debe ser uno de tus mejores amigos. Ya lo habrás visto en toda su pose: con sus lentes de marcos gruesos, su mirada inteligentísima, sus libros calienta sobacos (1), sus interminables citas, su barbita bequeriana, etc y etc… De seguro paras con él porque te presta libros, te da risa, te pone las chelas o porque tiene “buenos contactos”. O de repente, como la gran mayoría, tú SÍ le crees y no lo consideras un charlatán sino un genio. Es en este caso en que me es urgente soltar todo este rollo en contra de esta lacra que tanto daño le hace a nuestra literatura, aunque muchos (charlatanes) lo nieguen.

Los hay de dos tipos: el moderno y el posmoderno. En esta columna me centraré en la figura del primero, no sin antes mencionar algunos rasgos generales del segundo. El charlatán posmoderno es el “transgresor” superficial, ese que se la pinta de rebelde, inculto y medio loco. Disfruta mostrarse extravagante. Suele juntar en un solo discurso a Kant y a Melcochita, solo por el afán de llamar la atención, sin ningún fundamento real. Antes que plantear verdaderas propuestas prefiere construirse una imagen como “intelectual atrevido”, “irreverente”. Para esto es que busca generar ciertos escándalos inofensivos en la academia, es decir, controversias sin consecuencias concretas, excepto las de entretener, engañar y ganar algo de fama. Esta clase de charlatán, claro, es de producción reciente. Reconocerlo, en estos tiempos, en que los temas superficiales invaden como una epidemia todas las disciplinas, resulta cada vez más difícil.

Ahora sí, vámonos de frente a la mierda: el charlatán moderno. Sobre él, se suele decir que es ése del saquito, el del peinadito fino, con la pose de ser muy importante y de andar siempre muy ocupado… Pero estos rasgos son generales. Veámoslo por dentro… el núcleo de su forma de ser radica en su personalismo: le es casi imposible separar al sujeto de la idea. Así es que sus manías o tácticas se dividen según sobre qué persona esté tratando: un autor, su oponente o él mismo. 

A ver, vamos por orden:

01. El charlatán carece de ideas propias. Siempre parafrasea lo que antes ha dicho otro o lo que dice la crítica en general. Muchas veces, cuando tiene muy poco que decir sobre una obra, lo que le queda es hablar sobre el autor. Así es que llena su discurso contándonos una larga y minuciosa biografía, salpicada de fechas importantes, editoriales en que publicó, muchas anécdotas (que por supuesto sabe contar), chismes, sobre la posición del autor en la historia, el canon, y de yapa, cómo no, varios datos caletas para impresionar al público. Luego de escucharlo, uno tiene la impresión de haber visitado toda una enciclopedia meramente informativa (en muchos casos sólo una wikipedia), mas no una nueva propuesta de lectura.

Mediante este “biografismo”(2) también se encarga (sobre todo en presentaciones de libros y en citas de bar) de construir cierta “aura” alrededor de todo escritor que le caiga bien. De este modo logra disfrazar a los escritores regulares como ‘legendarios’, y a los mediocres como ‘interesantes’. Además, ya que el charlatán y el ayayero suelen estar en la misma persona, toda esta información también le es muy útil para acercarse a los más viejos, a las ‘vacas sagradas’. El charlatán les cae de lo más bien, no sólo cuando les hecha flores y más flores sobre sus logros, sino también cuando raja de otras vacas sagradas del medio y les suelta los últimos chismes de la farándula literaria. Muchos de estos especímenes, usando estos medios, logran alcanzar ciertos rangos importantes -incluso maestrías, doctorados-.
No te dejes engañar. Que no te importe si es el último producto importado desde la universidad de Harvard o de Oxford. Sólo fíjate en su discurso. No seas como él: despersonaliza la cuestión. No te centres en el quién lo dice (el sujeto) sino el qué propone (la idea).  

02. El charlatán tiene muchas artimañas para dar la impresión de que ha ganado un debate. En realidad eso es lo único que le importa: la impresión que se lleve el público sobre su figura. Como ya dimos a entender, las ideas, para él, sólo son un medio. Sus fines últimos están enfocados en su imagen, su reputación. De aquí es que nunca le guste estarse callado ni mucho menos ser opacado por otro charlatán en algún debate (menos por un “don nadie”). En cada discurso sobre el tema que sea, siempre encontrará la forma de hablar sobre “su persona”, sobre “su integridad”.  En un debate promocionará los (falsos) aciertos de su pasado para contrastarlos con las faltas de su oponente. En este camino también resulta lógico que suela atacar a sus adversarios diciendo “tú no leíste tal libro” (3), “tú no aprobaste tal curso”. “tú eres muy chibolo”, etc. Así logra pasar de una confrontación de ideas a una comparación de trayectorias, y aquí, claro, tiene todas las de ganar, pues como ya dijimos, el charlatán, antes que profundizar en su ideología, cuida celosamente su imagen, su currículum. Esta comparación de trayectorias es una de sus trampas más 

03. Otra pendejada suya al momento de un enfrentamiento consiste en decir que tú has dicho cosas que en realidad no dijiste. Le es casi un vicio poner palabras en la boca de los demás. Él cambia tu discurso a su conveniencia para luego refutarte fácilmente. Para esto, también le es de infinita ayuda su alta capacidad para fabricar ESTEREOTIPOS. Encasilla en un molde fijo a sus oponentes para luego citar ideas generales que estén en contra de ese molde común, esa postura trillada, ya sea literaria, política, filosófica o moral. Pooor ejeeemplo… si en un debate resaltas muchas cualidades de José María Arguedas frente a ciertas carencias de Mario Vargas Llosa, el charlatán de inmediato te encasillará en el bando de los más ortodoxos socialistas, o de los “resentidos sociales”, esos que defienden “el arte al servicio de una doctrina” “sin ningún tipo de consideración por la técnica o el estilo” y bla, bla. Claro, tú no has dicho esto, tú no eres así, pero el charlatán hará parecer a los demás que sí. Como paso siguiente, lo que hará es realizar citas trilladas para refutar tu supuesta posición trillada y así él quedará frente al público como el más sensato. Aquí también mucho cuidado. Así como un buen charlatán es muy hábil disfrazando sus ideas generales como ideas novedosas, también lo es disfrazando tus ideas originales como ideas trilladas. Y esto siempre con el mismo objetivo: arrastrarte a esos jodidos pozos que son los estereotipos.

04. Otra de las suyas en debate: las bromas. Cuando se ve acorralado por tus críticas le servirá como buen paracaídas lanzarse por ahí algún chiste. Con esto logra varias cosas a la vez: primero, rompe la tensión en el ambiente; segundo, hace reír al público y con esto logra caerles bien, parecer el más chévere; y tercero, de forma algo sutil, logra restarle importancia a tus críticas. Esta también es una de sus tácticas más usadas. Es natural que quien no tiene con qué defenderse termine huyendo. Sólo un público categóricamente immmbéecil podría dejarse engañar o distraer por estos medios. O mucho peor (diosito nos salve!): un público de charlatanes.

05. Como ya ves, un charlatán debe saberse -a la mala- todas las de Cicerón. La oratoria malintencionada es su falso escudo y disfraz. Con ella, de diversos modos, le encanta sumar a “su integridad”, a “su persona”, los mejores adjetivos: estudioso, aplicado, ingenioso, divertido e incluso chelero, gilero,… ,… y así, hasta poder coronarse como el “genio” de tu salón, el más bravo de tu collera o el líder de tu grupito de poetoides malditos. Para él suele ser una santa ley ser popular. Él cree que a más variados reconocimientos reciba, a más firme sea su reputación, más verdaderas y nuevas sonarán sus divagaciones y  parafraseos. Lamentablemente para muchos es así.

06. Pero como ahora sólo nos referimos al charlatán con el que sueles huevear, dejaremos de lado al charlatán reconocido y para seguir hablando sobre el que todavía busca reconocimiento. A éste le gusta mucho también asumir un rol paternal. Si dices algo imprudente delante de él o cometes algún error, este charlatán lo usará de todas las formas posibles para dominarte. Él no deja pasar ninguna oportunidad. Primero hará un enorme discurso sobre el insignificante desliz que has cometido (acabándote la paciencia y diciendo “déjame terminar, déjame terminar”) y luego pasará, con todo el descaro posible, a darte varios consejos y a brindarte toda una lista recomendaciones obvias con el único fin de mostrarse superior. Siempre busca causar admiración o miedo. Yo te digo: no le temas. No le envidies. No lo odies. Sólo menosprécialo. Ten en cuenta que sólo tiene la lengua más desarrollada que el cerebro. Ocúpate fríamente de desnudarlo esquivando las tácticas que suele usar. Por ejemplo, él puede un día querer agarrarte frío y preguntarte sobre qué autores de Luxemburgo pertenecientes al siglo XVIII has leído, sólo por joder. Ahí puedes inventarle con toda convicción un nombre cualquiera. Un nombre que suene bastante rimbombante, para que le guste más. Uno como Anderson Wenerbarten de la Jijunagrandísima. Lo más seguro es que él te diga “ah, sí, algo he leído sobre ése”, y ahí lo jodes diciendo “por las puras charlatán, ese nombre es tan falso como tu vida”. A veces funciona, y es todo un placer.

Pero tampoco seamos conchudos. Definitivamente, todos tenemos algunos rasgos  de esta alimaña en nuestro interior, consciente o inconscientemente. Espero que con este escrito haya contribuido en algo a reconocerlo mejor, pa mocharlo de tu vida y a ver si así se hacen más comunes los verdaderos intelectuales, aquellos que producen verdaderos aportes intelectuales bajo un firme compromiso ético. Basta de mentiras no literarias. ?


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(1) Dícese del libro que para más tiempo cerrado bajo la axila que abierto sobre un escritorio.
(2)Ojo con las comillas. No estoy en contra de aquellos que se nutran de la biografía de un autor para rastrear mejor las propuestas de sus libros. Lo malo (y triste) es sólo fundamentarse sobre ésta.
3) Para que en esto un charlatán se luzca del todo, nada mejor que saberse autores y obras caletas del medio. Poco importa si son malos o buenos. Lo fundamental es que sólo él los conozca.


martes, agosto 07, 2012

El tiempo desbocado; terremoto en Haití, 12 de Enero 2010



Como adelanto del TAJO 6 les dejamos un texto de Alejandro Carnero sobre las dimensiones de una tragedia: terremoto en Haití en carne viva. 





"En los días subsiguientes, desde los escombros de su indigestión, la ciudad vomita cuerpos, metódicamente. La gente juega dominó cerca, o pasa sin evitarlos mucho, como si de muebles viejos abandonados se tratara"

In memoriam Andrea Loi y Jean Philippe Laberge

Hace unos días estuve con el presidente haitiano, de cuya música soy fanático. Conocido como Sweet Micky en su faceta como el artista más popular de Haití, desde la campaña electoral el presidente Michel Joseph Martelly, forzó una férrea metamorfosis para embutir en un closet al explosivo showman que tanta fama le dio, y al fin y al cabo la presidencia, pero que imposiblemente vestiría la solemnidad que tal cargo requiere. Ya en la campaña un arma de sus enemigos fueron los videos de conciertos en que se baja los pantalones y baila en calzoncillos.

Para mí Sweet Micky siempre simbolizó la increíble capacidad haitiana de estallar tras cuatro notas en esa alegría al borde de la locura que es quizás la dimensión más sana del humano. Sentimiento que en muchas culturas recibe una conmemoración especial: el Carnaval. El kompá de Sweet Micky es esplendido, vital y dulce; sus conciertos y las comparsas de febrero, legendarias. Pero claro, con las riendas de uno de los países más arduos del planeta en la mano, su excelencia Michel Joseph Martelly, debe mostrar el extremo opuesto, el del más formal, corporativo y amoldado tecnócrata.

Hay por lo tanto un estrictísimo protocolo emanado desde la presidencia, un sólido consenso tácito entre los agentes políticos nacionales e internacionales, y el país sigue la corriente, respecto a que Sweet Micky está muerto, y es hasta insultante evocarlo en relación a Michel Joseph Martelly.

Hace unos días pues, la oficina que dirijo en Puerto Príncipe, la de una agencia de Naciones Unidas, ejecutó una obra que se inauguraba con la presencia de su excelencia. En el momento de una foto semi-abrazados, el fan de décadas en mí no pudo contenerse y le solté, “me gusta mucho su música”. Calló largos segundos y una voz deontológica interna ya me regañaba angustiada. “Gracias”, contestó suave, con la limpieza de una conclusión, a la que parecía haber llegado en esos segundos: la de que tanto no puede negarse el que Sweet Micky está vivo en alguna parte.

Horas antes, mientras me acicalaba para la ceremonia, había pasado 40 minutos intentando hacerme el nudo de la corbata frente a un tutorial de youtube, así que padezco también para disfrazarme de funcionario y a veces añoro pasar el tiempo leyendo y escribiendo en lugar de administrando y proyectando en nombre de la comunidad internacional. Otras veces no, al contrario, me parece posición adecuadísima para un escritor, la de estar enchufado en actividades de la vida real y no en un laberinto de libros y coloquios. Aunque el dilema es espurio; lo que sea que se haga, lo único que hace a un escritor es un elemento cuasi innato: el talento. Pero qué desagradables esos personajes cuyo ser escritor no está en lo que escriben sino en representarse escritor. Es la más grotesca de las burocracias. En el Perú hay un caso paradigmático, Ivan Thays. Sin talento, sus escritos son naturalmente farragosos, pero de eso no tiene la culpa. Lo patético es que, no habiendo experimentado en su existencia nada más que sus funciones institucionales como escritor designado, tienen sus libros la vida de un animal disecado.

Un caso opuesto es Jaime Baily. Este, que algún talento tiene, irrumpe como escritor con la bandera de la vida extrema, énfasis en sus trucos más fáciles para una sociedad pacata: el atrevimiento sexual, la insolencia política pro-sistema. Pronto se descascara la primera capa y se distingue lo caricaturesco de su ser, pero fenómeno graciosísimo resulta cómo esta literatura de vida ligera ha terminado engendrado a dos mounstritos: su amante hombre y su amante mujer, que se proclaman escritores ante los medios de comunicación, llevando a su conclusión lógica el camino abierto por su padrino: la literatura como rama del bataclanismo. Todo lo racional es real diría Hegel.

Otros especimenes curiosos guarda el mediocrario literario peruano, está el ganador de premio de editorial española casa comercial fina, sus aspirantes, están los viejos regios, están los blogueros amargados. Pero baste apuntarlo. La digresión iba a que ocho años como funcionario internacional en Haití me han colocado en vivencias de intrínseca literaturalidad y cuento en esta crónica algunas del terremoto del 12 de enero 2010.

Trabajaba entonces en Port de Paix, relativamente lejos del epicentro, pero no tanto, y corrí del escritorio, irracionalmente no hacia la salida sino al balcón, brinqué sobre el muro externo y circulé sobre él, sorteando no sé cómo el alambre de púas hasta agarrarme a un plátano y voltear a mirar la oficina, que se movía con el gesto frenético e insolente de quien provoca una pelea, adelantando y retrocediendo pecho y rostro mientras dice “¿qué?, ¿qué?”, así que asumí que se precipitaba y me disponía a saltar al mar, que prácticamente da contra el muro, cuando todo paró.

Casi un minuto había durado, pero el pavor provoca la ilusión cronológica de que fueron segundos. Sonreí al ratito, con ese orgullo del latino tras experimentar riesgos que concluyen inofensivos. Pronto me enteraría de que en Port-au-Prince no había sido ningún chiste. Cuando alguna comunicación pudo restablecerse fui solicitado para apoyar en la emergencia allá.

Aunque Port-de-Paix está a 270 kilómetros de la capital, las carreteras sin asfaltar en su mayor parte y con tantos cráteres como la luna, los convierten en un viaje de atormentadas 8 horas. Debía despertarme a las 4:30 a.m. pero a las 3 el guardia toca la puerta casi frenéticamente. Va a haber otro terremoto, me dice. No pueden preverse, así que lo niego, pero insiste:
- ¡Todo el mundo ya salió!
Me asomo al balcón y veo la calle llena de gente. Empiezo a asustarme. Notándolo, el guardia me explica:
- ¡Dicen que ha habido un terremoto en Saint Marc, y va a venir para acá!
Es absurdo, pero cuando tomo el camino a Port-au-Prince, dos horas después, veo que toda la ciudad lo cree. Las calles están llenas de gente, en ambiente casi festivo, esperando al terremoto que viene de Saint Marc. Cuando en el camino paro en Gonaïves, la tercera ciudad de Haití, me comentan que ahí también la gente madrugó saliendo de sus casas a esperar un terremoto imaginado. Fue una estación de radio, adecuadamente llamada “Explosión” la que hizo circular otro rumor sin sentido en algún punto de la noche. Estas zonas no fueron afectadas en el sismo, pero la paranoia está en niveles de psicosis.
Nunca olvidaré la entrada a Port-au-Prince ese 14 de enero. El aire estaba distinto, como empachado y agrio. Todas las casas vacías, caídas o cayéndose. Esto curiosamente las humanizaba, no parecían objetos sino seres, desolados. Cartulinas y graffitis aquí y allá: “We need help”, lanzados a una comunidad internacional que empezaba a desembarcar por toneladas. Y la gente con tapabocas. En avenidas y callejuelas cadáveres a medio tapar, hinchados ya y tiesos, subrayando sin embargo la vida por cosas como unos jeans de moda, un peinado estilizado. Otros prolijamente cubiertos con sábanas, evidenciando con dignidad la forma humana subyacente.

Al imaginar las víctimas de una tragedia masiva, uno tiende a visualizarlas iguales, como una estadística encarnada, con la uniformidad de pescados en una red. Se habla de 230,000 en este caso. Lo más impresionante al estar rodeado de ellos eran sus atributos, en que uno repara apenas mientras camina entre la masa de vivos, pero en la muerte, cada niño, cada mujer joven, cada anciano, cada gordo, cada elegante o cada uniformado chilla ante el espectador su especialidad. Unos parecen dormidos, no se entiende qué les cayó encima matándolos, y es aterrador pensar en la fragilidad del juguete que nos envasa.

Mucho estaba como quedó. Había pocos rescatistas y se concentraban en los derrumbados grandes hoteles y el Head Quarter de Naciones Unidas, donde yacían extranjeros y la cúpula de la Minustah. Era entonces punzante entender la historia de algunos cuadros, la escena final de la película de alguien, congelada: los estudiantes en su huida por las escaleras cuando se derrumbó el instituto; la pareja en el carro en medio de la calle, plantado ahí por una casa que se les vino encima.

En los días subsiguientes, desde los escombros de su indigestión, la ciudad vomita cuerpos, metódicamente. La gente juega dominó cerca, o pasa sin evitarlos mucho, como si de muebles viejos abandonados se tratara. Y en cada calle una o tres edificaciones aplastadas, con el techo besando el piso. Adentro agonizan los atrapados, que no tuvieron la suerte de fallecer súbitamente. Por toda la ciudad, de las ruinas se desprende el vaho, un soplo agresivo a veces, de la muerte trabajando. En las zonas más apiñadas la gente cubre las calles con fogatas humeantes, para amortiguar el olor, mezclando plásticos, restos orgánicos, maderas, telas, todo. La combinación es asfixiante y entonces uno se pregunta si buscan disimular la descomposición de los muertos porque les molesta o simplemente por sus connotaciones psicológicas.
Por toda la ciudad campamentos improvisados con telas y palos, en todos los parques, en cada lote vacío. El terremoto fue muy democrático, sufrieron ricos y pobres por igual. A primera vista parecería un picnic gigantesco, pero luego se empieza a distinguir heridos, siendo alimentados, bañados, vestidos por familiares. Muriendo algunos luego por cosas como una fractura en la rodilla, una herida que nunca cerró.
En un campamento un tipo me mira con algo que no es rabia sino la última energía del derrotado y me grita: “¡encadénennos!”. Me ve blanco y me quiere decir: “ya no podemos estar peor, ya fracasamos como país”. Me puse a llorar. Tenía el horror atracado bajo control, el trabajo lo requiere, o simplemente porque así es el fondo de todo humano, resistente. Pero no sé por qué pensar en la primera republica negra, la que acogió y patrocinó la campaña de Bolívar, la que en la historia humana ha representado el orgullo y la victoria del esclavo, verla de rodillas por completo…

En el 2008 dirigí las distribuciones cuando Gonaïves se inundó dejando 300 mil personas damnificadas. Aquello me había parecido épico, pero era de juguete frente a Puerto Príncipe 2010. Nada como una catástrofe natural para puntualizar la hormiguez del humano, esencia que tiende a olvidarse con cada refinamiento tecnológico. El caos de un hormiguero destruido es un ejercicio idóneo para un curso sobre construcción de la realidad social. En estos el alumno de filosofía imagina un mundo sin la red de sobreentendidos (la validez del dinero, la canalización del deseo sexual, etc.,) que lo ordenan; nada como el hormiguero recién pateado para entender cómo los sobreentendidos forman un auténtico ecosistema físico.

La red de suministros, invisible sostén de cada individuo, súbitamente brillaba por su ausencia. Hambre y sed, retumbando por millones. “¡¿Pero qué están haciendo?!” gritaba la ciudad, la comunidad internacional y hasta por Facebook los allegados a funcionarios como yo. No quedaba más que lanzarse a las entrañas del monstruo, con dos camiones colmados de botellas de agua y una camioneta con seis soldados.
André Breton recomendaba un ejercicio de rutina para develar el surrealismo entretejido en el ambiente: caminar sin rumbo. En esa lógica íbamos, parando en cualquier espacio algo despejado, instalábamos el casi imaginario perímetro de seguridad -un cuadradito de seis soldados- y, develando las puertas del camión, recibíamos la voraz lava de gente arrojándose de todo punto cardinal mientras corría la voz sobre el agua. Como si fueran de plomo, los soldaditos se aferraban a sus fusiles, temblequeando, mientras enchufábamos botellas en una especie de medusa gigante de manos y gritos, que nos iba encerrando, comiendo, hasta que era azarosísimo, cerrábamos las puertas, empujones o hasta disparos al aire de los uniformados, descerrajábamos los vehículos y cuatros cuadras después repetíamos la operación, decenas de veces los primeros días. La adrenalina es una droga que trastoca el tiempo aun más dulcemente que la mariguana o el alcohol, las horas se funden con zumbido abejo y dejan en la mente esa plácida quietud posterior al sudor, similar a lo que el cuerpo obtiene con la gimnasia, pero en tenor metafísico.
A la semana sin embargo, casi me quedo en una sobredosis. Dirigía un equipo a Carrefour-Feuilles para distribuir artículos no alimentarios a 500 familias de un campo previamente identificado. El convoy incluía dos camionetas con personal, tres camiones con los productos y 14 cascos azules en dos vehículos militares. El camino es angosto y apenas la población nos vio empezó a amontonarse a los lados, cerrando luego el paso.
- ¡Hambre! ¡Estamos hambrientos!– gritaban y que las personas de "arriba" (adonde íbamos) ya “habían recibido”.
El gentío, principalmente joven, alterado, lanzaba maldiciones y amenazas. Una multitud desesperada es peligrosísima, pero si el motor no es político vacila en su decisión de asaltar. Y aunque la masa es amorfa, inimputable e intratable, he llegado a entender que, en el filo de la navaja, puede manejarse de alguna forma teniendo control de la primera línea. Esta es una fina capa de individualidades. El contexto los cristaliza sea como líderes improvisados, sea como barrera física, pues si no avanzan el resto está estancado, a menos que el todo se desboque. Son situaciones muy delicadas, pero he estado en decenas de distribuciones caóticas en ciudades devastadas y nunca deja de sorprenderme cómo la muchedumbre puede ser resistida en el juego de fuerzas con la primera línea.

Más fascinante aún es cómo la voz es casi tan efectiva como la potencia física. Los concurrentes están dispuestos a soportar empujones, palazos, escudazos y hasta gases de los agentes del orden, pronto ni los tiros al aire los asustan, y se dejan impulsar por el montón a sus espaldas para ir cerrando el espacio, usurpando una posición más directa al punto de distribución, etc. Si uno encara, reclama, increpa a individuos de la primera línea, puede aguantar la presión a través de estos, a veces de forma más efectiva que con la fuerza física. Llegan a desrobotizarse, se desgajan psicológicamente de la masa y vuelven a la civilización; este orden trasciende ligeramente a más atrás; es efímero, debe ser alimentado constantemente, pero opera. Cuando lo entendí siempre ponía a dos o tres asistentes a simplemente gritar advertencias a las primeras líneas, buscando el contacto visual, señalando conductas específicas; sirve tanto como las cachiporras.

Un día en una distribución especialmente caótica, a un tipo que se zampó al perímetro le clavé un rodillazo en el muslo que sentí rompía una rama seca. Lo abracé casi lloroso tras despertar de la furia. No me pensaba capaz de algo así. “¡Chééé, estás cansado, pará un rato de dirigir!, ¡son los momentos en que si no parás…!” me soltó el capitán Dalfino, de la armada argentina, y añadió en tono reflexivo “fue parte de lo que pasó…” Se refería a su guerra sucia, tema que habíamos tocado una vez.

Contaba pues que en el incidente de Carrefour-Feuilles, la muchedumbre quería pillar. No se atrevían aún a embestir pero exigían los productos, lo expresaban agresivos entre insultos y reclamos, una que otra piedra que volaba contra los camiones. Cortaban el paso, amenazaban con matarnos, juraban estar listos a morir (referencia a los 14 cascos azules de Sri Lanka que miraban el desarrollo aturdidos). Imposible salir del área, atrapados en el tropel. Cuadras adelante, volteando a la derecha, se abría una avenida más amplia. Para avanzar dejé flotar la impresión de que cedía, haríamos la distribución un poco más allá, y así andábamos a vuelta de rueda, mientras “negociaba” con improvisados líderes, coagulo del gentío expectante, que aún lo contenía.

Llegado al punto de giro, así lo ordené, la masa vio que nos marchábamos y se desprendió como una ola. Me acuerdo solo que de una patada voló el espejo retrovisor de una camioneta, otros golpeaban a nuestros chóferes, arrancó una lluvia de piedras, tiros al aire y bombardas mientras terceros rompían los candados y empezó el saqueo pero a la vez huían a toda bocina y velocidad las camionetas, camiones, jeeps militares, seguidos por una avalancha de maldiciones y piedras. Habíamos quedado en plena calle tres civiles, yo como blanco resultaba el blanco, y en un relámpago pensé que era mi hora. Notablemente, un tipo que todo el camino me amenazara de muerte facilitó nuestra huida encajándonos en la providencial camioneta de un vecino.
A posteriori uno se pregunta por que arriesgó el pellejo, como cuando lee en los periódicos que un guachimán fue asesinado por impedir el robo de tal taller y suena tan absurdo. Pero en el inmerso instante funciona una mezcla de sentido de la responsabilidad, enfermiza hasta lo kantiano, algo de ego, irreductible, mal cálculo del peligro o apuesta contra el destino, e incapacidad de imaginar salidas, pues uno no puede tampoco asumir “quiero despertar de esta pesadilla, ahí les dejo los camiones”, así que se mantiene firme en el puesto de peón que le tocó en la realidad social construida por millones de años de humanos, construida en uno por los años que lleva en ella.

Vivíamos entonces miles de personas en la base de Naciones Unidas, durmiendo desparramados por todos los suelos y con tres bloques sanitarios en cola de 30 individuos a cualquier hora de las 24. Nadie se bañaba en más de una semana, y estuve un poco decepcionado con los olores corporales más íntimos cuando al fin pude estar a solas: no eran tan intensos como esperaba, expectante a una nueva experiencia. Creo que tras cierto umbral, que en circunstancias normales pocos rebasan, se estabiliza el mal olor y no sigue profundizando en su ser; eso explica la convivencia campante durante la Edad Media, supongo. Las borracheras por las noches eran también medievales, tradicional en misiones humanitarias.

En febrero, un mes después del desastre, no cabía realizar el carnaval. Fue suplantado por jornadas nacionales de oración para pedir perdón a Dios -que había castigado a Haití-, por el vudú y otras tradiciones diabólicas. En vez del gran Sweet Micky, enardeciendo al grito de “¡kité compa maché!”, unas pavorosas letanías acomplejadas inundaban las ciudades. De nuevo una imagen para llorar. Por la penetración de las iglesias evangélicas gringas, auténtica mafia, cáncer de la cultura. Y más aún porque refrendaba el error original, de Haití, de America Latina, del tercer mundo en su conjunto: una vez independientes, en lugar de buscar en sí mismas, las naciones se emplearon en copiar al dedillo la cultura occidental. Mientras más repudian lo propio y más se acercan al modelo idealizado, más respetables se sienten. El resultado es grotesco y desquiciante. En el caso de Haití la presión por blanquearse era tremenda: primera republica negra del mundo, anacrónicamente (los EE.UU abolirían la esclavitud 60 y Brasil 90 años después), debía demostrar a la humanidad que podía ser civilizada. Imposible tener la claridad a principios del XIX para valorar la riqueza del acervo no-occidental, un cambio de mentalidad que apenas tiene unas décadas en el mundo, y en las personas más inteligentes. Así que Haití repudió del kreyol, del vudú, hasta de su negritud -tal como sucede en el Perú, mientras más de blanco en la piel, más respeto. Meter a Dios en este autodesprecio, rogándole indulgencia porque la haitianidad causó su furia, significaba el acabóse.


Alejandro Carnero es autor de los libros “La Luna llena de días” y “Tanta gente extinta, tanta tinta tonta”.