Sobre TAJO:

“Somos aficionados a la poesía. No somos profesionales. Que eso quede bien claro, pues una buena parte de nuestra crítica es potenciada desde esa perspectiva, desde esos campos abiertos que supone tal condición". (Roberto Bolaño)

sábado, diciembre 17, 2011

La Literatura Vital


La Literatura está en los libros y en la vida, pero sobre todo nace de ésta y es su principal sentido. Vivir = trascender. Trascender no es ni será jamás, en su verdadero sentido, lograr que tu nombre se acuñe a la posteridad. Trascender es amar y amar es embestir, saltar, pelear y revivir cien veces en medio de millones de muertes diarias.  Hay un mundo dentro de nosotros y uno fuera, ambos se desangran mientras las palabras atienden a un plano más superficial.
En palabras de J. Pimentel—"escribir grandes poemas"— estaba el corazón abierto a los que más lo necesitan y a respirar, a no pasarse este camino de horas contadas, señores, dormidos. Lean Ave Soul y entenderán de lo que hablo.
Debemos rescatar al ser humano de la frivolidad que le rodea y que suda todo él. Rescatar al hombre de estos moldes tan bien embadurnados que hemos creado y en los cuales existimos aletargados—pienso en  Matrix, pero no una Matrix holliwoodense—.
Dos cosas nos abren los ojos: la educación y el amor. La diferencia es que la primera sólo nos hace tomar consciencia, nos hace mirarnos en el espejo llenos de máscaras, de trajes, y muy distintos a lo que nuestra naturaleza aspira en desesperada lucha. Muy distintos, con demasiada ropa y carca, respecto a como nacimos. Pero el amor es, justamente, desde que nacemos, nuestro primer sentimiento, y, finalmente, nuestra única espada y escudo en este mundo.
La educación la tenemos muchos, pero no nos garantiza nada. Piensen en tantos hombres de saco y corbata cuya inteligencia se vende a diario a la indiferencia ya sea a sabiendas o por pura frivolidad, desidia, estulticia y banalidad. Con un tajador hablé sobre esto—la sociedad consumista, el capitalismo, el imperialismo—y todos los ismos de mierda que aplastan a la gente, que incluso creen liberarse a través de ellos (pienso en Historia de Mayta), y olvidan el sentido común del que hablaba Tolstoi en Ana Karenina: El sentido del bien.  El bien común, claro está. El amor al próximo.
Por amor una madre se mata trabajando 12 horas al día, explotada, quizá alienada e ignorante de todas estas cuestiones de las que hablo. Pero encuentra sentido en su vida a través de su hijo, de su risa, de su cariño, de su anhelo de verlo crecer y triunfar, aunque esto último muchas veces sea relativo y equívoco. Mi propia madre o mi abuela no se preocupan de estas cuestiones, viven el día a día visto al ras, común y superficial. Pero su amor, sus virtudes, su corazón y su inteligencia—que no por ser inconscientes a nuestra manera de  entender estas cuestiones—es menos rica. Yo acertaría mejor llamándola sabiduría porque vale por sí misma y para nosotros más que todos los libros del mundo.  Y si no, piénselo un poco, tan sólo un poco, ustedes mismos: no cambiarías por nada a tu abuela, Julio, mi buen hermano. Pero yo, mi madre y mi abuela, si bien conocemos el hambre, la pobreza y los problemas de la vida en este país nuestro—consciente o inconscientemente en esta vida inefable e irreducible—hemos sobrevivido, pasado miles de vicisitudes por esfuerzo y un poco de suerte. Y, gracias a Dios, crean o no (yo sí creo), hemos amado en esta costa peruana a la que muchos paisanos migran por ese espejismo de desarrollo. Y he aquí el punto, muchos, pese al amor que llevan dentro—que no conoce dictaduras ni cadenas—merecen la oportunidad de disfrutar la vida un poco más y no sólo sobrevivir cada día.
La oportunidad de leer poesía, comprenderla, y, en general, de leer algo que nutra el alma—o de descubrir en sí su vocación— es ¡PODER! Pero la literatura no es el único camino—pienso en un cuento de Chejov—ni el único disfrute o la única pasión. Uno mismo, y esto también lo hablé con un tajador, a veces quisiera hacer tantas y tantas cosas, aprender que sé yo, entomología, botánica—conocer los nombres de todos los árboles—aprender a tocar un piano, un violín, una guitarra, viajar... Tenemos toda esa potencia en nuestras cabezas y corazones.
Sin embargo, existe, aunque no quisiéramos, un medio de cambio, y entiéndase que no debe ser más que eso, el dinero. Porque no sólo en la sierra, en la selva o en la costa de nuestro Perú no sobreviven muchos. La miseria y el hambre no son lamentables prerrogativas sólo del estómago. Hay miseria y leucemia también ese musculo rojo llamado Co-Razón.
A buen entendedor, todas estas palabras.
Sin embargo—y este es el final de un larguísimo y discutible pensamiento— la Literatura fue inoculada en nosotros. Es nuestro camino, contera de la espada de nuestro amor, agarradera del escudo de nuestro amor; el amigo del que a veces rezonga, Omar, y en el que se protege de sus fantasmas y miedos; la poesía de Julio, su caos y su casa, su corazón gigante y su espíritu; las contradicciones de Roberto, su lucha interna, su ternura y su locura y su valor jodiendo toda su cobardía, está en nosotros y no es académica, ¡¡¡ES VITAL!!! La sentimos día a día hasta cuando cagamos. Importa y vive por el placer, la paz, la felicidad, y la desesperación absoluta que reina cuando se vierten por nuestras manos o nuestros pensamientos todo lo que amamos u odiamos, lo que golpeamos y nos golpea.
La literatura es fuego, señores, pero un fuego que no debe ser fatuo—admiro a Stendhal, a Tolstoi, por ello—sino un fuego que sirva para superar esa mediocre "toma de consciencia" y pasemos al acto. Finalmente, y en mi humilde opinión, el amor—como la literatura— es un acto que debe ser individual y colectivo; ni uno ni el otro en mayor medida. Individual porque no se escribe en grupo, a doble lapicero o a doble teclado. Colectivo porque somos nuestra soledad conectada espiritualmente a la sociedad (con tristeza o alegría, en la calle o en internet o en nuestro cuarto) pero solos ante ese papel o esa pantalla. Nosotros entramos a este circo romano—La avenida Colmena, el mundo,—a escribir y hacer de las palabras, sangre, luz de véngala e inmolación. Sin embargo, individual, también, porque el mosaico de nuestra obra proviene del pincel abigarrado y policromático que somos cada uno de nosotros.
No es lo único, está claro, que hace falta para cambiar el mundo. Yo no creo posible, además, dicha utopía—valga la redundancia. Pero eso no debe de arredrarnos como dice Martin Romaña:
"La ciencia explica el universo, la psicología explica los seres, pero hay que saber defenderse, no dejarse arrancar las últimas migajas de ilusión." 
Por imposible que sea, entonces, lo poco o mucho que hagamos puede hacer la diferencia en una vida, como lo hicieron en la mía los cuentos y el amor que me regaló mi madre.
No debemos renunciar a ser libres, a reír, a webear o dar un vuelo solos de vez en cuando, a enamorarnos, a pelotear y chismorrear un poco. Todo eso vale.
Vale reír, para no derrumbarnos y para enseñarles nuestros dientes pelados y amarillentos, en esa mueca hermosa, a la gente que lo ha olvidado. Vale volar para no volvernos como los torpes albatros de Baudelaire y sucumbir en este mundo de toscos marineros. Enamorarnos, porque, personalmente creo, es una de las cosas jodidamente más hermosas de este mundo, y no tengo imágenes para ello.
Pero nunca, nunca olvidar, o mejor aún recordar siempre, que no estamos solos, que hay hermanos, padres, madres, hijos por rescatar—pienso en la Balada de los relámpagos inacabables— y por quienes pelear porque nuestra felicidad solo será verdadera cuanto menos egoísta y enajenada sea.
La literatura es una espada de fuego, pero también una sonrisa y una mano abierta.

                                                                         O.A.Z.R.



jueves, diciembre 15, 2011

Manual de Literatura para Punks






Manual de literatura para punks
(o cómo publicar tres novelas sin haber estudiado)

Kiko Amat


            Esto que van a leer es como una clase de plástica. Este es el apartado de Métodos de Estudio y Técnicas de Trabajo. Las prácticas de coche, pero sin pagar y sin coche. Voy a darles a todos ustedes unos cuantos consejos sobre el arte de fabricar narrativa y –encima– publicarla luego.  Y voy a hacerlo, no con la condescendencia del “experto”, no con la altivez del maestro, sino con la cara de pasmo del tonto del pueblo que ha descubierto un atajo al río que nadie utilizaba. Sí, esa cara que están ahora haciendo ustedes. El viejo camino del trial & error y el batacazo rompenapias me ha enseñado un par de cosas en este oficio que querría mostrarles, y no crean que lo hago para evitarles sus morrones. Nadie puede hacer eso por ustedes; afortunadamente, el costalazo es parte esencial de su aprendizaje, el ZAP tras el cual ya no van a meter los dedos en el enchufe nunca más. Se aprende así; a hostias. No, el único propósito de este manual es que, tras darse de morros contra el fango (literariamente hablando), se levanten como machos y lo vuelvan a intentar, desoyendo los gritos de los que les dijeron que no era por allí, que iban por la ruta equivocada, que no lo intentaran, que les habían avisado, que había que tener en cuenta esto y aquello antes de empezar. Que patatín y patatán.

            El manual que están a punto de leer podría resumirse en dos puntos vitales: valor y disciplina. Y, créanme, es así, aunque parezca una frase sacada del escudo de armas de Eton. Pero hay mucho más de lo que quiero hablarles. Los que siguen son mis 17 consejos para publicar novelas en editoriales reconocidas, sin tener ni pajolera idea (al principio) de lo que uno está haciendo, sin bajarse los pantalones éticos, sin tener que ir a clases de literatura comparada a morirse de aburrimiento rodeado de arties sin espina dorsal. Un manual que sirve para sacar libros en Anagrama –en el caso del que escribe esto– sin haber estado escribiendo cuentos desde 5º de EGB ni haber memorizado la estructura de todos los relatos de Borges, ni haberse apuntado a uno de esos deprimentes Talleres de Escritores (y que les obliguen a ponerse en pie para que los demás perdedores les digan qué fallos les ven ellos a la narrativa de ustedes). Esto es mi Manual de DIY particular para la construcción de ficciones encuadernables, que quisiera compartir con todos los lectores de La Escuela Moderna.



            1)No teman hablar de ustedes mismos. Lo dijo Beckett (“No existe nada más, seamos lúcidos por una vez, que lo que me pasa a mí”) lamentándose de haber pasado tanto tiempo creando inútilmente personajes de ficción cuando se tenía a sí mismo ahí al lado. Lo puso en banderas y bayonetas el enfadadísimo BS Jonson. John Fante no  hizo otra cosa en toda su vida (y Hamrun, y Bukowski, y Limonov…). Los Beats se dedicaron a ello con empeño unidireccional, igual que los angry young men (si leen la biografía de John Osborne verán que todas sus obras sin excepción, especialmente Look back in ager, tratan de él, su madre, su suegra y sus colegas). Y, sin embargo, la teoría les insistirá en la necesidad de crear ficción pura (un concepto que no existe, pues todo está basado en algo; en sucesos, momentos, frases de otros), ninguneando los esfuerzos que realicen para plasmar con honestidad sus vivencias. Ni caso: Hablen de ustedes. Hablen de sus amigos. Incrusten sus anécdotas adolescentes. Cámbienles el nombre a sus conocidos y encájenlos en el texto. Derritan su vida y aplíquenla con brochazos gordos por encima de todo lo que escriben; si lo hacen bien, nada será más interesante ni les dará más placer. Al fin y al cabo, es el terreno que conocen a fondo de veras. ¿Para qué ambientar novelas en la República de Saló, la Revolución Francesa o Brooklyn? ¿Eh? ¿Qué tiene de malo su barrio, pueblo o bar? Nada, se lo digo ya. Nada.

Para conseguir esto, ya lo verán, tendrán que desoír el clamor (ver punto 2) que les recriminará que están haciendo literatura ombliguista, que sólo lo hacen por vanidad, que a quién le puede interesar leer sobre ustedes. Les pasará en narrativa y –por supuesto– les pasará en cualquier disciplina, especialmente en periodismo. Pero ustedes saben, como sé yo, que la única manera de hacer crítica-narrativa  sincera, humana y con alma y intestinos y –perdonen– pelotas, es mediante el contexto y con una sólida primera persona viva y real detrás. Lo demás es cirugía, disección de ranas, escribanos timoratos escudados tras el “juicio” y el ”análisis” que carecen de valor para desnudarse en público y escupir todo el dolor y la exultación que acompaña al estar vivo. ¿Cómo puede analizarse una obra creada en un estado parecido a la locura armado sólo de razón, sin empatía ni entrega salvaje ni acercamiento personal? Si tratan de crear literatura cobardemente , con escalpelo y normas y frialdad analítica, escondidos tras la barrera taurina de las normas académicas, les saldrá literatura cobarde. Su crítica y su narrativa estarán hechas con plantilla, resiguiendo los contornos que les marcaron otros, como un mapa de plástico en EGB para siluetear. No hay más. Así que hablen de ustedes, por el amor de Dios. Yo jamás he hecho otra cosa.

2)No escuchen a nadie. Bajo ningún concepto. La creación más intensa funciona mejor en un estado de total aislamiento. Encerrados a cal y canto en su torreta cultural, fíense de sus referentes, de sus intenciones, de sus héroes, y mantengan en todo momento una absoluta creencia en lo magnífico de su trabajo. Esta autoseguridad medio enajenada es la mayo garantía que tienen de producir ficción sincera, esquelética y REAL, no sujeta a las opiniones de críticos, fans o idiotas variados, desprovista de manierismos modernuflis o postmodernez con pretensiones de trascendencia. Tengan en cuenta que toda crítica narrativa está basada a fin de cuentas en una cuestión de gusto personal; la crítica objetiva no existe, ni existirá jamás. Al fin y al cabo, ¿Quién decide lo que es de buen o mal gusto, sino el zeitgeist de cada siglo? ¿Quién decide lo que es malo y bueno? ¿No despreció el mainstream a todos los aventureros culturales que estuvieron aquí antes que ustedes? Recuerden las gloriosas palabras de Basil Bunting: “There is absolutely no excuse for literary criticism”. Háganme caso: No consulten blogs, no miren críticas de hippies y squares abatidos, no paseen por foros: sean verdaderos náufragos de su propio mundo narrativo, haciendo lo que les sale del sombrero sin pedir permiso a nadie. Recuerden que todo está permitido. Recuerden que las mejores novelas se escribieron pasando del mundo y de su madre. Cuando –sordos y ciegos como murciélagos respecto al resto del planeta– hayan terminado, habrá llegado el momento de pasar al punto número 8. Pero hasta entonces –es decir, hasta dentro de unos cuantos párrafos– cierren la puerta y quien quiera entrar que enseñe la patita.


3) Conténganse. No están construyendo un blog de esos que llevan indies deprimidos en pijama para saldar cuentas entre visita y visita a las páginas porno de Internet. La restricción, la continencia, son dos de los grandes amarres de la narrativa más exultante. No se trata de vomitar lo primero que se les pasa por la cabeza, como un intenauta atolondrado. Relean lo que han escrito una y mil veces. Aten cada una de sus frases al suelo, y cepíllenlas hasta que brillen bien, resistiendo la tentación de soltarlas al mundo para que naden entre los grandes. Mírenlas con dureza de padre catequista: todo lo que sea pirotecnia semántica (ese momento sobreexitado y autoindulgente de “¡Qué bien escribo!” que todo narrador debería evitar como la lepra), abalorios verbales, decorado de cartón piedra, escritura cosmética, debe ir al río. Sin dilación. No teman nunca desechar lo inútil, pues lo inútil es exactamente eso: inútil. No teman podar con tijeras bien gordas y afiladas, y no miran atrás a lo que han lanzado a la basura. Lo más probable es que no valiese la pena conservarlo.

4) Sean comprensibles en todo momento. Esto es lo que separa a los autores que escriben para la gente y los que escriben para escritores, profesores o críticos. Esto diferencia al poeta guerrero del poeta laureado, bufón del rey, palanganero de la clase dominante. Esto es lo que pone a la gente que escribe narrativa a uno de los dos lados de la zanja: aquí los pomposos, allí los anarquistas, tomen asiento. Pregúntense continuamente para quién están escribiendo, y por qué motivo escriben: si la respuesta es que escriben para El Pueblo (es decir, escriben para gente con trabajos, vidas comunes, males cotidianos y no para pijazos, diseñadores de interiores o licenciados en filología) y lo hacen para compartir emociones, entonces déjense de cripticismos y postmoderneces y metaliteratura y barroquismo. Escriban claro, que esto que acaban de hacer es un galimatías. No se entiende ni jota, joder. Claro, no esta reñido con poético, como algunos memos creen, ni con inteligente. Escribir con claridad implica tan sólo que sus ideas sean comprendidas. ¿No es eso lo que debería desear todo el mundo? Desde aquí parece algo que cae por su propio peso, señores míos.

5) Sean breves. Utilicen el método Buzzcocks: si algo puede decirse en dos frases, no usen tres. BS Jonson decía que toda literatura debía ser “corta, brutalista y divertida”- Como en el punto 3, poden y poden y vuelvan a podar. No sobreadjetiven. No den rodeos. Vayan al grano. Hay gente leyendo con ganas de avanzar, y ustedes les han hecho parar en un túnel apestoso para mostrarles lo bien que –como un prestidigitador de globitos– anudan ustedes los verbos y sujetos. Denle a las cosas un principio y un final, y aprenden a decidir cuando este último ha llegado. No se regodeen. No den volteretitas de perro amaestrado: cucas sí que son, pero ocupan espacio.

Digan lo que tienen que decir y luego: aire y a volar. La vida es demasiado corta para libros de 700 páginas.

6)Sean divertidos. El sentido del humor nos separa de las cucarachas y las rémoras y algunos escritores argentinos. Hacer reír parece fácil, pero no lo es. Cuando lo hayan conseguido, sin embargo, estarán empezando a dominar este oficio, se los juro. Y un detalle muy importante: ser escatológico es perfectamente aceptable y, lo que es mejor, funciona. Y –esto es un secreto profesional que voy a confesarles así, a bocajarro y gratis –algunas palabras son más divertidas que otras. Como lo oyen.

7)No tengan miedo a ser confrontacionales. El arte/pop/cine/literatura más intenso y bello y puro antagoniza. Tatúense esto en la frente, déjenselo en Post-Its en la taza del váter, envíense mails a ustedes mismos como señores locos: si deciden crear y mostrar lo que han creado, alguna gente lo odiará. Es la vida, no lloriqueen. Si deciden dar el paso de poner en palabras sus pensamientos más recónditos y sus verdades más poderosas, luego no se quejen. A John Osborne –un referente vital para todo aquel que trate de ser creativo mediante el uso de palabras– le persiguió por la calle una muchedumbre enfurecida en más de una ocasión, tras visionar algunas de sus obras de teatro. Los escritores que se quejan continuamente de que su obra no es comprendida, que los críticos los despedazan, que el público les da la espalda, son institutrices victorianas sin una gota de sangre en las aortas.  Me recuerdan a esos cantautores que tocan en bares –sin que nadie les haya llevado a punta de trabuco hasta allí– y luego se lamentan de que la gente arma ruido o habla, y piden silencio a shhhhts como espectadores fifís de ópera, como niñeras cursis. ¿Qué se esperaban, pandilla de blandengues? Esto es rock and roll, no Roland Garros. Si no quieren enfrentarse a un público hablador-gritador, cambien de oficio; lo mismo vale para los futuros escritores. Cientos de imbéciles (un auténtico ejército de ellos) van a odiar todo lo que hagan, y algunos incluso tratarán de partirles los morros por ello. Les llamarán de todo, y nada será bonito: que si plagiarista, baja cultura, que si es intrascendente, vacío, absurdo, que “no tiene ni idea de lo que habla”. Les recriminarán cualquier cosa, y desde cualquier lado, así que no intenten pacificarles; los capones van a caer de forma irremisible y nadie podrá pararlos. Así que si no setán dispuestos a pasr por esa guerra estético-cultural, si no están dispuestos a sacar pecho a los Mazzinger-Z y hacerle a la intelligentsia, a la crítica más centuria, al director más apocado, al lector más cultureta un fenomenal corte de mangas, no empiecen, se los ruego; lo único que terminarán haciendo es literatura acomodaticia, timorata y llena-de-ganas-de-gustar-a-todo-el-mundo. Es decir, harán pura mierda.

8) Escriban como hablan. Más o menos. O sea, dejen fuera los tics y las repeticiones (no hace falta que pongan tío al final de cada frase, por mucho que lamentablemente sea así como hablan), pero no se pongan sobre-cultescos y eviten la pomposidad como si fuese la fiebre amarilla. Si hablan denostando más que el Capitán Haddock, pónganlo en sus escritos. Sean honestos e insulten y juren y menten la virgen como guardias civiles extremeños. Si controlan el slang, espolvoréenlo también por encima. El resultado valdrá la pena, se lo aseguro. O al menos no se parecerá a ninguno de esos escritores barceloneses que da la impresión que hablan en moldavo, y que tienen que colocar reificación y diametralmente en cada párrafo.




9) No se desanimen jamás. Al igual que debían  hacer con el antagonismo del punto número 7, han de ser extremadamente concientes de que van a devolverles originales de editoriales. Y no uno ni dos, sino decenas de ellos. Suelten el yunque al río, y saquen la cabeza del horno; no pasa nada. Que les devuelvan una novela de un salivazo no significa que sea mala. No significa que se hayan apresurado a mandarla. No significa siquiera que requiera necesariamente pulido o reescritura. Qué caramba, la mayoría de las veces el rechazo de una obra no significa nada. Les contaré cómo funciona el proceso selectivo de una editorial, para que se calmen un poco: un primer lector separa la basura inmunda de lo leíble, así, a ojo de buen cubero y leyendo en diagonal. Si  pasan este peaje, dos pájaros más realizan nuevas lecturas en mayor profundidad. Y si uno de ambos es magnánimo y tiene buen día, esa lectura positiva les dejará caer en el regazo del editor como tal. ¿No ven, ahora mismo y ante sus ojos, la absurdidad de su desespero? Su original quizás fue devuelto porque la primera lectora es medio miope y confundió sus avanzados juegos tipográficos con errores. O porque alguno de los dos alcornoques posteriores se empeñó en comparar su novela punk con las hermanas Brönte, o le había dejado la novia por palillero (con razón), o tenía que completar su cupo de multas-lecturas negativas del mes, o le tenían ojeriza o envidia cochina (de conocerles) porque ellos eran escritores frustrados, o qué sé yo. O usted y el editor, de haber llegado hasta él, tenían gustos completamente distintos. Puede ser cualquier cosa, así que: sigan mandando obras estoicamente. Y si quieren aceptar otro consejo: no se fíen nunca de los tres lectores iniciales y háganle llegar la novela directamente al editor, por cualquier medio a su alcance. Sé lo que me digo.

10) Mantengan un core crítico siempre a su lado. Parece una contradicción que choca de bruces con el punto 2, pero no lo es. De hecho, el uno y el otro se complementan graciosamente. Por un lado, deben hacer oídos sordos al mundo, las revistas, los expertos y los literatos; con ellos, tapones de perejil en las orejas. Por otro lado, cerca de ustedes debe de haber siempre un grupúsculo de amigos escogido por su brutal sinceridad, con discernimiento para la narrativa y gustos literarios similares a los suyos. Esta será la gente que leerá sus manuscritos mucho antes que la editorial, y que les informará sin tapujos de que aquí les dio un ataque de pretenciosidad, y que aquel fragmento es demasiado largo, que ése es aburrido y que el final no se entiende ni un pijo. Aunque parezca un cliché, cuatro ojos ven más que dos. Tráguense el orgullo herido cuando les escuchen (aprender a hacerlo es otra de las señales de que se están convirtiendo en narradores de verdad), piensen en lo que les han dicho, separen aquello con lo que están de acuerdo de lo que no, y efectúen las correcciones pertinentes. Además de la utilidad que salta a la vista, este proceso tiene un uso secundario: ninguna crítica periodística de su trabajo les pillará con los pantalones bajados. Cuando Florencio Mandúnguez les espete que el capítulo 3 es muy näif, ustedes ya habrán pasado por allí, habrán reflexionado sobre ello y habrán decidido meses atrás que sí lo es, y qué pasa contigo, tío. Esa prevención es otro remache para su coraza narrativa.

11) No teman copiar. Pero no se pasen, ojo. Casavella dijo en una entrevista que sólo los pijos se fijan en lo que copian sin mirar atrás. No les soltaré el rollo que ya conocen sobre que la originalidad es un invento burgués para justificar el genio y, por consiguiente, las desigualdades de clase. Se los hemos repetido muchas veces en este fanzine. Pero es cierto que la originalidad o –como comentábamos en un punto anterior– la ficción pura no existen. Agarren de donde quieran (esa estructura, aquella frase, una comparación concreta que vieron de pasada) y añádanlo a su obra; indudablemente, puesto que sale de su cabeza y se mezclara con otros pedazos de ustedes, el resultado será inimitablemente suyo. No tengan miedo de parecerse a sus héroes literarios; piensen que ellos también tuvieron a los suyos. Por supuesto, esto no implica fusilar artículos enteros de otros y hacerlos pasar por propios para embolsarse unas cuantas monedas de plata; sólo los vampiros de la cultura establecida hacen cosas así y, francamente, es una asquerosidad.

12) Utilícenlo todo. El Efecto Urraca, en efecto. Sean consecuentes con su background (Ver puntos 1 y 8), y utilicen cualquier elemento ajeno a la literatura que les plazca. Cómics, música pop o macramé, da lo mismo. Estamos en el año 2007, y ya no hace falta que todos escribamos como Flaubert. Graham Greene aceptó la aparición del cine, y su Brighton Rock está claramente influenciado por ese lenguaje. No es una vergüenza sino todo lo contrario. Si la narrativa que desean construir se parece más a un episodio de El Hombre de Acero que a Proust, ¿Quién es el gallito que se va a atrever a decirles que están equivocados? Jack Kirby o Wes Anderson o Smokey Robinson pueden influenciarles igual que los autores de sus libros favoritos. Si Kurt Vonnegut utilizó la ciencia como cimiento de sus novelas, ustedes pueden hacer lo mismo con el motocross o la papiroflexia. Échenle huevos ahí.



13) Diviértanse. Aunque a ratos les dé dolores de cabeza, esto debería proporcionarles un gran placer. Si no es así, y hacer narrativa es su valle de lágrimas, algo pasa. Una de dos: o están creando una gran obra de exorcización de dolores sin nombre y agravios terribles, y su redención va a producirse mediante la creación literaria, o quizás no deberían dedicarse a esto. Eh, puede suceder, no me miren así; conozco la naturaleza de las obsesiones. Por mucho que hayan estado obcecados con que querían ser escritores desde BUP, quizás la terrible verdad es que –se los digo susurrando y suavemente para amortiguar el shock– esto no es lo suyo. Quizás como les sucede al protagonista de Balas sobre Broadway, su talento yace en otra parte –la marquetería, quizás, la pintura– y se están obstinando en hacer algo para lo que no tienen la menor inclinación. Ha pasado antes. Cursos y cursos de narrativa, cientos de libros leídos, decenas de manuales subrayados y al final el resultado no servía ni para hacer papel maché. Pues, al igual que no basta que les guste la música para ser periodistas musicales (hace falta ser un gran entendido del tema, perdonen ustedes) no basta que sean grandes lectores para fabricar novelas. Hace falta algo más; ustedes sabrán que corcho es. ¿Alma? ¿Pasión? ¿Morro?


14) Disciplina. Se los pongo también entre signos de admiración: ¡Disciplina! Cuando empiecen una novela, eso debe ser lo más importante del mundo, y a ello deben dedicarse en cuerpo y alma. Si tienen que parar en algún lado, paren; Mercé Rodoreda paró cuatrocientas mil veces para La mort i la primavera, que le llevó una vida entera escribir, pero cuando la creaba hacía de ella su prioridad total. Esto no son clases de repaso extraescolares; a no ser que sean seres especialmente avanzados de otras galaxias, no van a excretar un libro hermoso dedicándole media hora cada domingo o después de comer. Si van tomando y dejando su obra por antojos o porque es más importante hacer unas cervezas, les va a salir un churro; luego no se quejen. La narrativa requiere concentración y dedicación total. Apaguen teléfonos, avisen a sus familiares que no llamen en las horas que están trabajando, arranquen el cable de ADSL y traten de no masturbarse demasiado. Dejo la opción de encerrarse en casas de campo durante unos mesess para escribir a la elección de cada uno; personalmente les digo que cuando yo lo he intentado, al cabo de dos días estaba en un escenario digno de El Resplandor, a punto de matar a mis vecinos y tirarme por el balcón. Y, lo que es peor, sin haber escrito una maldita frase que valiese la pena.

15) Apúntenlo todo. Apunten y fuego. Siempre un bloc en el bolsillo, la bolsa, siempre una servilleta de papel a punto, siempre un manchurrón en la mano con una palabra que les gustaba. Se los digo ya, porque es una jodienda y cuanto antes lo sepan, mejor: las más grandes ideas, las frases más chulas, las conversaciones más inspiradores, van a ocurrírseles fuera de su despacho. Así es. En mi caso es en bares, y no llevo mi ordenador a bares (¿Por quién me toman, por un yankee?). Por lo tanto, no dejen que esa eventualidad les pille en pelotas, y lleven siempre a mano un bloc donde apuntar esas frases e ideales geniales que luego la memoria o la resaca se ocuparía de borrar irremediablemente de su hemisferio derecho. La mitad de las veces serán incomprensibles (“Un personaje conoce a kljhsafd en un bolksdo, pero luego resulta ser skdu foforcio”), handicaps de la escritura beoda, pero de vez en cuando se encontrarán con auténticas gemas de la creación inconciente.

16) Lean. Parece una perogrullada, pero deben leer mucho. Deben leer horrores. El vi fa sang, y el leer inevitablemente ayuda a escribir. Por sí solo no va a salvarles el culo, pero por otro lado casi nadie ha escrito jamás sin haber leído mucho antes. Lo siento, pero viene en el pack. Las cosas buenas nunca son fáciles, ya se los he dicho mil veces.

17) Admitan siempre que aún están aprendiendo. Y, lo que es más posible, que no dejarán de aprender nunca. El proceso de aprendizaje no es finito. La perfección, el dominio completo de las herramientas, es una utopía. Así que no se entristezcan: mañana les saldrá mejor.

lunes, diciembre 12, 2011

Literatura Mística


            Nadie puede definir la literatura en términos concretos, cómo en las ciencias naturales. Los aristocráticos académicos, desde el viejo Aristóteles hasta los postmodernistas, han fracasado miserablemente. Y sin embargo, se la sigue tratando cual si fuera una ciencia objetiva. La academia asume, a pesar de su subjetividad, una posición rígida y hermética para estudiar Literatura. No se permite palabras emotivas, adjetivos mordaces, frases ingeniosas. Si quiere criticar una novela, un poemario o un drama,  utiliza un lenguaje desapasionado, directo y conciso. Eso es lo paradójico de los estudios literarios actuales.  Se usa los métodos, la disciplina y la actitud de las ciencias duras en un campo de estudio indefinido.
Lo más trágico es que cuando se quiere renovar el estudio de la literatura, tal iniciativa es catalogada como entusiasta. Si la literatura carece de objetividad, ¿por qué se impone un método para estudiarla? Acaso no es posible que un lector apasionado dé una opinión de un libro sin necesidad de ingresar a la universidad; sin necesidad de leerse mil paginas de estética, estudios culturales, feminismos y psicoanálisis. ¿Se puede hablar de literatura sin necesidad de estudiar literatura “seriamente”? ¿Si a mi me parece malo Paolo Coelho debo estudiar cinco años para convencerme de ello? ¿Por qué la opinión de un crítico literario pesa más a la de un lector voraz?  Sólo se me ocurre una respuesta: prestigio.
Acepto que la crítica guía al lector a “entender” un libro, ya sea por el contexto histórico-social, o por un análisis nuevo. Pero no debe caer en la pedantería de creer que sus reseñas o análisis son imprescindibles. El lector que disfruta Cien años de Soledad por su mundo mágico, por sus personajes entrañables y no ve el contexto histórico, lo nefasto de la soledad humana, la intertextualidad, blah, blah, blah; no es deficiente ni carece de inteligencia. Ese lector es tan inteligente como aquel que escribió un análisis de mil paginas sobre el libro.
 Yo no deseo destruir la academia sólo reclamo un poco más de modestia para los lectores entusiastas. Por que la literatura debe ser libre, debe mantener ese misticismo que provoca la ensoñación. 

Gimel Zayin