Sobre TAJO:

“Somos aficionados a la poesía. No somos profesionales. Que eso quede bien claro, pues una buena parte de nuestra crítica es potenciada desde esa perspectiva, desde esos campos abiertos que supone tal condición". (Roberto Bolaño)

lunes, diciembre 26, 2011

Tajo...tajodida la navidad



A las 7 de la mañana me levanto y veo el calendario: 24 de Diciembre. ¡Falta 17 horas para que sea navidad! Miro por la ventana: no hay hombres de nieve, ni niños súper abrigados, ni mucho menos trineos jalados por perros árticos. No estoy en el polo norte ni cerca de él (digamos Canadá o Connecticut) , estoy en Perú y hace calor. Me pregunto, ¿Por qué michi comemos chocolate caliente en Navidad? ¿Por qué carajo algunas tiendas comerciales adornan sus estantes con muñequitos de nieve, renos gays y papanoeles con sobrepeso? Tantas preguntas para esta sociedad excéntrica. Lo único que comprendo es que la navidad aquí, muy a pesar de ser un feriado para destrozar tus finanzas, es diferente.  Hay algo de peruano en este feriado invadido por el consumismo.
Bueno empecemos por partes. La navidad nos viene del cristianismo. Supuestamente el 25 de diciembre nació el niño Jesús (fecha debatible ya que Jesús pudo haber nacido entre setiembre y octubre, según los expertos...no, no voy a citarlos. No se preocupen). Los testigos de Jehová afirman que esta festividad es satánica y que en realidad estamos celebrando una fiesta pagana, heredara de los pervertidos romanos. Se equivocan, la navidad no es pagana, es mucho peor, es consumista. En navidad, ya sea en Gringolandia como en Perulandia, veo padres desesperados comprando regalos a último momento. Madres que jalan a la fuerza a sus niños malcriados, que lloran porque no les compraron un Play Station 3. Y cómo toda sociedad moderna, siempre un niño pobre y desnutrido les hará recordar, a esos niños insolentes, que hay cosas peores que no obtener el último sistema de videojuegos.
Pero igual, tal vez por un momento la madre reflexionará sobre la desigualdad en el mundo, pero se le pasará al ratito. La magia del pavo recién horneado, el panetón con bromato y el chocolate caliente (en verano, qué huachafada) le reanimará su espíritu alicaído y se olvidará de qué el mundo está jodido.
Ya sé, ya sé. Soy un pesimista. No toda la navidad ha sido corrupta por el consumismo. Hay ciertas particularidades que diferencian las navidades por países.
Bueno, aunque ya me burlé de los renos gays y de la nieve inexistente, me parece fascinante todos estos adornitos que nosotros, los peruanos,  pegamos en nuestras casas. Como aquí la mayoría de los hogares están juntos, estos adornos (madeinchina) forman un conjunto interesante de luces y musiquita que desincronizadamente parpadean. En la noche es mucho mejor. Como no hace un frío de mierda, puedo contemplar las luces sin temor a morirme congelado. Por asociación, estas lucecitas me hacen recordar de los arboles de plástico que adornan las salas. ¿Desde cuando tenemos pinos en Lima? ¿Dónde los cortan? ¿Quién carajo los siembra? ¡Ajá! ¿Si estamos en verano no sería mejor poner una palmerita? Ya está ¡un árbol de la quina para demostrar nuestro patriotismo! Creo que ya ni siquiera las familias peruanas ponen un nacimiento.  Pucha, cada día las navidades peruanas son más gringas.
Sin embargo, hay una cualidad que diferencia las navidades peruanas de las gringas. Es el amor enfermo que tenemos por los cohetes. A las 11 y 45 ya los niños hiperactivos(seguro mucho bromato) empiezan a reventar las sartas, las calaveras y los silbadores. Un amigo me dice que a él le gustaría reventar un misil, agarrarse fuertemente a él y en el aire reventar. Claro, con un paracaídas. ¿Y yo? Yo salgo como un perro que ha estado encerrado por cinco años y empiezo a reventar mis queridas calaveras. Prendo uno y me voy corriendo como una loca. ¡Bang! ¡Qué felicidad! Luego otro más. Lo enciendo y nuevamente corro. ¡Bang! mis ojitos se emocionan y ya quieren llorar. ¡Es que no he reventado un cohete en navidad en cinco años! ¿Qué quieran que haga? Pero lo mejor fue ver el cielo limeño iluminarse por la alegría de los limeños. Fueron como 15 minutos de luces multicolores. Parecía peor que talibán en fiesta patronal.
Sí. La navidad es una fecha rara para mí. Está el consumismo, los niños pobres y la huachafería peruana. Pero también está esa alegría explosiva. Yo creo que de niño no me importaba mucho los regalos, lo que me moría por hacer era acabarme todo mi armamento recién adquirido en mesa redonda. 
Gimel Zayin

jueves, diciembre 22, 2011

Todos los jóvenes tristes y literarios

Buscando información sobre la novela "Todos los jovenes tristes y literarios" 
del escritor Gessen me doy con la sorpresa de esté estupendo articulo -mitad 
articulo,mitad manifiesto "anti-plasticididad de los tiempos modernos" de 

Un libro para tener en cuenta!

A mí me suele ocurrir en los pasillos del intercambiador de Plaza Catalunya, en Barcelona, y es más intenso en una de las salidas donde lo único que hay es suelo y anuncios publicitarios. De repente, sin darte cuenta, lo que te rodea se vuelve irreal y te vuelves visionariamente consciente de que todo tu imperio, todo lo que adoras, está hecho de plástico. Tu rutina está hecha de plástico. Es como estar dentro de un videojuego de los Sims: todo es falso. Puedes elegir la silla que quieras para decorar tu casa, pero sólo puedes escoger entre dos sillas. En realidad, andamos perdidos en un Universo que huele a PVC. 

Me he leído la primera novela de Keith Gessen, Todos los jóvenes tristes y literarios (2009). Me daba miedo, por las reseñas que había leído, porque quería ser yo la primera en escribir una novela sobre los jóvenes de nuestra generación (y tenía título y todo) y pensaba que ya se me habían adelantado. Pero, ni mucho menos; en realidad he descubierto que el tema tiene miga para rato. 

Esta novela se lee rápido porque además tiene dibujos y fotografías. Es la historia de tres personajes que viven en Nueva York, tres jóvenes inteligentes, con carrera, que viven dentro de la corriente cultural más moderna. ¿Y cuál es el problema? Que se aburren, que están hastiados, desorientados y perdidos, perdidísimos. Se dedican a beber sin mesura, porque la abstinencia está mal vista. Sus relaciones personales son penosas y superficiales. Sus romances parecen bromas de mal gusto, con un miedo irracional a cualquier cosa parecida al compromiso, porque comprometerse significa renunciar a los cambios, y ellos no quieren vivir sin cambios, no podrían soportar que las cosas se quedaran como están. Toman decisiones dudosas y se pasan toda la novela preguntándose qué será lo que se espera de ellos, cuando nadie está mínimamente orgulloso de sus vidas, y se limitan a asentir con desinterés. 

Qué será lo que se espera de nosotros, me pregunto. 

Buscando más sobre esto, acabé en brazos de una obra de terrorismo literario llamada 13,99 euros (2000), de Frédérick Beigbeder, que trata de la más o menos verídica historia de un joven publicista que odia la publicidad y el sistema consumista occidental. 

Entonces comprendí que en el fondo de este armario se esconde la conspiración menos oculta de la historia: que todo nuestro imperio de plástico se desmoronaría si no tuviéramos la ansiosa necesidad de comprar y obtener bienes para sentirnos mejor. Y en parte, ese es el problema de nuestra generación. Nos han vendido el cuento de que debemos ser felices y estar contentos porque nosotros no hemos pasado por las penurias de nuestros antepasados. No debemos quejarnos: lo tenemos todo, y más aún, hasta hace bien poco, teníamos la posibilidad de tenerlo todo, todo lo imaginable, todo lo que quisiéramos. Podíamos escoger la silla que quisiéramos entre las dos que nos ofrecían. Y no se dan cuenta de que ese es nuestro problema: que solamente poseemos cosas, y aparte de eso, no tenemos nada más. No tenemos valores, no tenemos moral, no tenemos espiritualidad ni motivación. Pero tenemos una casa, un televisor de plasma, un iPod y un coche nuevecito y potente. Tenemos un montón de ropa en el armario, y decenas de pares de zapatos para combinar, pero no tenemos futuro. No debería importar, nos dicen, mientras tengamos un trabajo que nos dé dinero para comprar más cosas. 

Aparte de eso, no se puede hacer nada interesante sin dinero en el bolsillo. Y toda nuestra vida, todas nuestras horas de trabajo, año tras año, acaban convertidas en un gran imperio hecho de objetos de plástico. 

No me extraña que los protagonistas de Todos los jóvenes tristes y literarios estén tristes y literarios, sobre todo porque casi todos aspiran a ganarse la vida con la Literatura mientras el mundo de sus precursores les dice que eso no son más que pamplinas. Tienen títulos universitarios que no sirven para casi nada, y por eso deberían ser mejores personas, pero como no tienen dinero, no valen nada. Si tuvieran dinero y una gran carrera universitaria, deberían (deberíamos) ser felices, pero no lo somos, y debe ser porque la vida está hecha de más cosas de las que se pueden comprar, aunque nadie se lo crea. 

Quienes intentamos ver las cosas de otra manera (y eso lo sé por experiencia) llevamos las de perder, y perdemos todo el rato. En mundo no está hecho para los inconformistas, aunque eso creo que ya lo advirtió Pablo de Tarso una vez. 

Tal vez mi punto de vista esté hoy afectado por mi desencanto general, como si hubiera estado comiendo plástico y tuviera ingestión. Mi generación anda perdida, perdidísima. Y sin embargo, yo me niego a unirme a la legión de asqueados. No pertenezco a vuestra misma especie. Andaré como todos, caída, dolorida, desilusionada a ratos, preguntándome de vez en cuando qué clase de futuro oscuro nos espera, pero aún así, no estaré perdida. Todo lo que merece la pena ser salvado de mí tiene una copia de seguridad. 

No te alegres de mi suerte, enemiga mía; si he caído, me levantaré, si estoy en tinieblas, el Señor es mi luz (Miqueas 7:8). O como dice una canción de Coldplay: just because I´m losing doesn´t mean I´m lost… Que esté perdiendo no significa que esté perdido.

martes, diciembre 20, 2011

Instrucciones para besar insomnio durante el mujeres


Instrucciones para besar insomnio durante el mujeres

Entiéndase que cada mujer es un mundo distinto. Cada par de labios es una combinación irrepetible. Ninguna mujer puede tener la misma forma o contextura de labios. Así que cada beso es un acto improvisado, que se vuelve a improvisar dependiendo de los labios, y que se vuelve a reimprovisar dependiendo de la mujer a besar. Pero cuando hay insomnio, no importa nada esta cursilería. Bese; aunque se calme o se predisponga al coito, terminará usted durmiendo como Baudelaire un fin de semana.

El lector puede considerar ciertas pautas basadas en experiencias personales, literarias, oníricas, orgásmicas. Todas heterosexuales. El mismo lector sabrá que las instrucciones no se tomarán como mandatos, sino como planes de emergencia.

1. Límpiese las legañas. A menos que padezca de insomnio diurno, cite a la mujer en las horas más entradas de la noche, cuando las nubes estén pintadas de color cabello peruano. El ambiente será más despejado y, sobre todo, el sudor no recorrerá su frente.

2. Busque el acompañamiento de la luna. No porque las energías cósmicas contribuyan al estímulo carnal, sino porque los rayos lunares disfrazan cualquier imperfección cutánea.

3. Sitúese a dos pasos de la mujer, como si fueran a besarse de puntillas. Éste es un recurso válido en caso de que se perciba alguna tufarada insoportable. Aunque también le permitirá saber quién se acerca más a quién, si usted a la mujer o la mujer a usted. Así podrá darse cuenta de quién está más interesado en compartir saliva.

4. Mírela de frente a los ojos. Si ella le corresponde, luche. Enfrente sus ojos contra los de ella hasta forzarla a parpadear. Entonces, usted dispondrá de doscientas ochenta y seis milésimas de segundo para verificar si ella usa o no rímel, extensiones de pestañas o algún artificio estético desmesurado que a simple vista pasa desapercibido. De ser así, huya en el acto: si la mujer se ha tomado todo ese trabajo cosmético es porque busca una relación duradera. Si usted también busca eso, quédese, quiérala y luego pídale prestadas las pestañas para su propio uso.

5. No le vea los labios hasta que la bese. Por lo general, las mujeres tienden a poner muecas ridículas al momento de recibir un ósculo. Si usted no quiere verle los labios en forma de volcán en erupción o de bomba Hiroshima o de pista limeña, cierre con fuerza los ojos. En este caso, no se preocupe por si se mancha con pintalabios. Las mujeres que se pintan los labios en una cita corta esconden ciertos fines sexuales o efímeros. Nada mejor.

6. Dientes adentro con la lengua atrincherada entre ellos. Un golpe seco de dentaduras sería muy ingrato y altisonante, al igual que un roce inicial de lenguas no hará más que atraparlas y morderlas con los dientes. Será tan doloroso que hasta el llorón de Werther se reirá de usted con grandilocuencia.

7. Si va a respirar, disimule. Un beso no tiene por qué ser una caldead disputa por el oxígeno, además de un molesto resoplido continuo en el maxilar superior. Entiéndase también que el invierno ya duerme bajo la sábana, y que las secreciones nasales resbalan con facilidad, como si quisieran encontrarse unas con otras. Pero ésa no es la finalidad.

8. Que las pasiones no se conviertan en salivas. Un beso tampoco es un enjuague bucal. Recuerde que su acompañante ya se cepilló los dientes. Que su lengua no vuelva a hacerlo. Pero si ambos deciden inundarse de saliva, mande por un tubo este texto y bese lo más ensalivadamente posible. Si hay consenso, ya no entra a tallar la asquerosidad ni el morbo ni cualquier convención humana.

9. No es de mal gusto abrir los ojos durante un beso. No lo tome como un rompimiento de la privacidad, sino como una escapatoria a esa ceguera temporal que es el ósculo.

10. Durante el beso, la mujer deja de ser un par de mejillas suaves, un cuello salado, un par de senos duros, una cintura digna de calibrar, un par de nalgas acorazonadas. La mujer pasa a estar conformada sólo por esas dos almohadillas rosáceas donde bien usted podría dormir y curarse del insomnio si no fuera porque luego empiezan a morderlo, a juguetear e inventar toda laya de artilugios para pedirle más participación en el acto.

11. Si el beso fue tan interesante o adictivo como Sólo para fumadores o un libro escrito por Bryce Echenique estando sobrio, no deje ir a la mujer tan fácilmente, saque una nueva cita con ella y conozca su “consultorio”. Si el beso fue tan asombroso como un follero de Coelho o de Camilo Cruz, despídase en seguida y sin beso de despedida, y piense en los cincos minutos que acaba de perder besando a una mujer de labios insípidos. Piense que hubiera sido más grato y excitante besarse el lado opuesto del codo o besar la perilla de la puerta. Recrimínese e impóngase como castigo una semana completa dedicada al análisis exhaustivo de los mamotretos de Osvaldo Cattone o de los cuentos de García Márquez antes de los 25 años.

12. Por último, fúmese un Marlboro (si puede, un Gauloise o sino un Hamilton) y luego tómese tres pastillas para dormir. ¿Acaso creyó que el beso la va a curar el insomnio? Al contrario, el beso intensificará su vigilia; pero, eso sí, servirá para contrarrestar el poderosos efecto de las tres pastillas para dormir. ¿Y por qué tres? La primera pastilla lo adormecerá por unas nimias dos horas y después usted despertará con más insomnio que al comienzo. La segunda lo laxará por unas cuatro horas más y luego vendrá la misma molestia. Sin embargo, con la tercera pastilla (efecto tripartita) usted no se despertará sino hasta la hora de dormir del día siguiente. Entonces se repetirá el dilema. Así que un beso bastará para mermar el efecto tripartita, con lo cual usted dormirá desde las típicas 7 horas recomendadas por Varguitas hasta las 10 ó 12 horas recomendadas por Bukowski.

Por Joy Godoy

ALIZÉ


Alizé. No olvidar la tilde, sino no sería Alizé, sino Alize. ¡Y no! Dejarla sin esa tilde, es dejarla sin su sombrero bombín, entonces ya no sería Alizé felicidades, sino Alize sin sombrero, embaucada, robada y violada. Si, señores, Alizé dice que Lima la viola. Yo siempre le digo: No, Alizé, ¡Lima es una fiesta! Y ella me repite, no no Consuelo, Lima me viola, es muy canalla, y aunque yo parezco una punky aguerrida y mala, porque sí, yo soy mala, pero también soy mujer, dice Alizé. Yo entrego sueños, yo regalo poesía al caminar, y toda esta sensibilidad solo me sirve para ser golpeada. Ay de mí. Consuelo, ¿Vallejo era un llorón emo, no? Entonces yo ofendidísima por el Señor de los húmeros muertos, y las bancas donde se sienta a verse solo, la empujo, le quito el sombrero bombín y corremos, y salimos y reímos a emborrachar la ciudad. Porque somos jóvenes, y aún, a pesar de todo, somos libres.

Fue un día así que corriendo, ella tropezó con un joven, ella pensó que era un poste y como es contreras no quiso que el poste la tome por sorpresa y solita se abalanzo sobre él, pero no, no era un poste, era un chico muy delgado con una gabardina que le cubría hasta los pies y como Alizé es miope y otra vez, la misma chiquilla que nos quiere joder a todos, dándonos la contra, se volvió a joder, por no querer ponerse los lentes. Y se abalanzo y así fue como perdió la vida. No, el hombre no la mato por el empujón ni por el susto, el joven la enamoro y ella se murió de tanto amor.
Narrare esta historia, siendo breve y maquiavélica, para que sienta cada palabra, para que le duela seguir leyendo.
Ella cayó al piso, el voltio asustado, la vio sentada,  tratando de verle el rostro, entonces el dándose cuenta de su falta de claridad, le cedió sus lentes, que oh sorpresa, eran de la misma medida. Ella se los puso y entonces era él quien mientras se presentaban ponía cara de topo ciego, Alizé no resistió más y le devolvió los lentes y así cada cinco minutos ambos eran víctimas de una extrema cortesía  y bochornos – de parte de Alizé – por el intercambio ya tan jocoso de los lentes, mientras transitaban por una calle de la que no importa el nombre, cuando se transita flotando i sin lentes para ver el nombre por donde se flota tan bien i tan ligero.

Anduvieron, anduvieron y bebieron. Y se amaron, y ambos se dijeron: Esta noche es nuestra noche. No todos los días me disfrazo de poste i ella contesto no todos los días soy tan ciega.

por Consuelo Solís

lunes, diciembre 19, 2011

Una entrevista esquizofrénica

El escritor Gimel Zayin se alucina que lo están entrevistando. Pobrecito, no sabe que todo está en su mente.



            ¿Por qué escribes?
Desde que empecé a escribir mis primeros cuentos y poemas, en mi deseo de motivarme, he leído todo lo que los escritores consagrados han dicho sobre el arte de escribir y los razones para hacerlo. Desde compromisos sociales hasta caprichos del alma, los escritores siempre han tenido un motivo para volcar sus experiencias, sus ideas y sus miedos en un papel, mandarlo a un publicista y esperar que sus libros sean devorados por ávidos lectores. Sea cual sea el porqué, un escritor siempre espera tener lectores; no importa si apenas son unos cuantos. Es una simbiosis. Una relación intrínseca que motiva al escritor a seguir creando buen arte e incentiva al lector a seguir leyendo buena literatura. Así lo creo yo, aunque muchas veces el escritor no escribe buena literatura y el lector simplemente se conforma con lo sensacionalista.  Mi objetivo es simple: Escribir buenas novelas, ser leído y vivir de ello. En otras palabras: ser un escritor profesional.
            ¿Cómo lograrlo?
Un paso importante para aprender al difícil arte de escribir literatura y luego profesionalizarse es leer, leer y leer. Y no solamente novelas (en mi caso), sino que también es fundamental un eclecticismo,  poemarios, dramas, libros de cocina, textos científicos, ensayos políticos, hasta los avisos publicitarios. Todo lo que promueva la imaginación es bueno para el escritor. Otro paso, por consecuencia, es escribir constantemente para mantener el brazo caliente (como recomienda Gabriel García Márquez). Pero entre leer (teoría) y escribir (práctica), dos acciones relativamente simples, hay una “burocracia” que condiciona al escritor en su profesión. El estado de animo, el contexto social, el hambre, el amor, la indignación, la pereza, la desidia, la apatía, las buenas intenciones, la sed de justicia, etc., son elementos condicionantes que el escritor debe superar y/o asimilar. Y aun así, después de superar todos estos obstáculos,  el éxito no está asegurado.
Entonces, ¿Por qué sigues escribiendo literatura? ¿Es un arte frívolo dedicado sólo a las clases acomodadas?  ¿Puede reflejar la sociedad? ¿Ser un discurso donde se aprecie la experiencia humana? ¿Puede cambiar a la sociedad? ¿Mejorarla?
 La repuesta más optimista que se me ocurre es que la literatura puede cambiar la sociedad y la más pesimista, que en estos tiempos contemporáneos la literatura se ha vuelto un mero negocio, un producto de consumo masivo.
Pero yo tengo otra respuesta: la literatura es vanidosa y comprometida al mismo tiempo. Vanidosa porque el escritor desea, aunque muchas veces se niegue, a vivir de lo que escribe, a ser alabado por la crítica y a ser admirado por el público lector. El escritor desea, muy en el fondo de su corazón, reconocimiento y, bueno, un poquitín de fama. Sin embargo, la literatura ayuda a formar conciencia, a desenmascarar la injusticia, a generar cambios sociales. No en grandes escalas como una revolución, pero sigilosamente, poco a poco, ayuda al lector a descubrir una realidad distinta, diferente de la que se promueve en los burdos programas de televisión o en los amordazados noticieros.
¿Existe buena literatura?
La buena literatura no te va a dar la receta mágica para ser feliz para siempre ni te va a arrullar para que duermas libre de culpa. La buena literatura aturde. Te da un buen derechazo para que rebotes en la fría realidad. Ridiculiza todos tus miedos y prejuicios. Y si te hace soñar, no te dopa porque después viene el duro despertar.

Gimel Zayin